Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Un país de primera

Tener un país de primera; aspiración legítima, promesa comprometedora. También motivo de confusión y fuente de malentendidos.
Ahora que el país viene culminando una racha económica tan favorable es de orden empezar esta columna aclarando que un país de primera no es equivalente a país rico. Hay países que no son ricos y son países de primera. Por otro lado hay países muy ricos que ni se parecen a un país de primera. Para abreviar discusiones inútiles ofrezco un dato: la Argentina es un país rico, más rico que nosotros y… ¿Vamos entendiendo?

Tener un país de primera; aspiración legítima, promesa comprometedora. También motivo de confusión y fuente de malentendidos.
Ahora que el país viene culminando una racha económica tan favorable es de orden empezar esta columna aclarando que un país de primera no es equivalente a país rico. Hay países que no son ricos y son países de primera. Por otro lado hay países muy ricos que ni se parecen a un país de primera. Para abreviar discusiones inútiles ofrezco un dato: la Argentina es un país rico, más rico que nosotros y… ¿Vamos entendiendo?

Son dos los componentes fundamentales que hacen a un país de primera: el nivel de la moral pública y la calidad de las instituciones. Dejaré para otro artículo el aspecto de la moral pública. Baste aclarar al respecto que refiere a aquellas cosas que espontáneamente un pueblo o una sociedad no se permite a sí misma, justamente por respeto a sí misma. Se trata de aquellos límites o metas que, sin mayor argumentación, todo el mundo acepta como la pauta de conducta de una persona decente y punto.

El otro índice de una sociedad de primera, el que aquí quiero desarrollar, es la calidad institucional. Por importante que sea el PBI, por mucho dinero que maneje el gobierno, por ricos que sean los ciudadanos, si las instituciones no tienen una estructura y un funcionamiento de excelencia, hablar de país de primera es una mentira (piadosa o demagógica).
Las instituciones en una república pueden ser tanto públicas como privadas. Los gremios o sindicatos, por ejemplo, son instituciones muy importantes de orden privado, no oficial. Si hay dirigentes gremiales, por ejemplo en los sindicatos de la educación, que deciden paros en la primer semana de clases, o que afirman públicamente y por la prensa que los paros de docentes son educativos para los alumnos y contribuyen a su formación intelectual, esa institución así dirigida es de bajísima calidad. Lo mismo se diga si las decisiones gremiales se toman en asambleas donde están ausentes el ochenta por ciento de los trabajadores sindicalizados.

En cuanto a las instituciones oficiales o gubernamentales, las más significativas se agrupan según los tres poderes del estado. La institución Poder Ejecutivo es de calidad cuando ejecuta, cuando, marca un rumbo, lo fundamenta y lo sostiene. Si un día va para acá y al otro día va para allá la calidad de esa institución es pésima.

La calidad del Parlamento y del Poder Legislativo no está vinculada a lo cuantitativo, a cuantas leyes produce por legislatura, cuantas más mejor. No. La calidad está en que el debate parlamentario sea de nivel y que las leyes estén bien redactadas y no haya que retocarlas al día siguiente de aprobadas.

En tercer término está el Poder Judicial y las diferentes instituciones que funcionan en su órbita y bajo su jurisdicción. Aquí la calidad institucional está asociada a la imparcialidad y a la independencia. Las circunstancias concretas en las que, sobretodo la Suprema Corte de Justicia ha estado involucrada aconsejan una análisis y una mirada con perspectiva y guardando las proporciones. Señalamientos como la lentitud de los fallos y temas por el estilo deben postergarse. Hoy lo que debe señalarse es la presión sobre la Corte de parte del partido de gobierno, a través de connotados legisladores, de personal de la Presidencia y del periodismo amigo. Si estas presiones llevan a descartar claramente al Uruguay como país de primera, la serena y altiva independencia mantenida por los magistrados de la Corte hace reconocer allí y sólo allí la existencia de un país de primera.

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