Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Un país, dos naciones

En nuestro país hay una división que se arrastra desde hace ya unos años. El Uruguay dividido es una realidad o una acechanza, según como se mire, pero en cualquier caso se trata de algo que los uruguayos debemos tomar en serio y con preocupación.

Un cuidado inicial al tratar este tema es no arrimar leña al fuego, es decir, evitar un análisis que consolide la división, que la justifique o que la considere inevitable. No sé cómo serán las cosas a partir del gobierno que viene pero se puede anticipar desde ya un cambio a partir del cambio que muestra el discurso del nuevo gobierno.

Cuando en España empezó el deshielo provocado por la propia senectud de Franco, los españoles lúcidos se preguntaban qué vendría después de la muerte del Generalísimo o, en otras palabras, qué España sería posible construir cuando fuera posible construir otra.

En ese momento se dieron cuenta de que el problema fundamental era que había dos Españas. Ese asunto ocupó a políticos y pensadores, a la Iglesia y a los gremios, produjo libros, ensayos y debates innumerables. Era muy claro y era muy grave; había una España que había ganado la guerra civil y otra España que la había perdido. No habría futuro alguno y se daría lugar a una enorme traición al pasado sustancial y a la historia secular si no se llegaba a desembocar nuevamente en una sola España.

Una nación con diversidades y diferencias, con regiones autonómicas y distintas tradiciones políticas (monárquica y republicana) pero con la convicción unánime de que España era una sola. El tiempo anterior había dado razón al melancólico verso de Antonio Machado: “Españolito que vienes /al mundo te guarde Dios/ entre una España que muere y otra España que bosteza/ una de las dos Españas ha de helarte el corazón”

Yo pertenezco a un Partido y, por razones de edad, a una generación que se formó tomando casi como un dato de la realidad que el gobierno era el Partido Colorado.

Los blancos perdíamos siempre las elecciones, bramábamos de furia, gritábamos ¡viva los blancos! y empezábamos de nuevo. Sin embargo nunca hubo en aquella larga época ni un designio de exclusión de una parte ni un sentimiento de excluido de la otra.

La historia cívica del Uruguay, desde la Paz de Abril en adelante, es una historia de arreglos, de acuerdos, de coparticipación.

La lúcida y persistente intuición que compartían ambos lados era que sin el otro -aún porfiado y molesto como recíprocamente se lo sentía- no habría nación posible para ninguno.

Los uruguayos de esa época, casi todos blancos o colorados, se sintieron a la par artífices de esta República y ambos efectivamente lo fueron: esa sensación correspondía a la realidad.

La tragedia actual del Uruguay es la división en su alma. No se trata tanto, creo yo, de una división ideológica ni política: es otra cosa y es más grave. Cuando una sociedad se divide la culpa nunca está de un solo lado.

Coexisten dos Uruguay que no se hablan entre sí, que no se escuchan, que se miran por arriba del hombro con fría ajenidad.

Antes de la invitación a buscar remedio a este estado de cosas es menester convencer de que en esto radica efectivamente el problema más grave del Uruguay de hoy.

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