Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Observar y aprender

Tres acontecimientos que tuvieron lugar la semana pasada convocan a la reflexión. Ninguno tuvo lugar en Uruguay y, sin embargo, los tres tienen consonancia con sucesos de acá. Son, por su orden, el encarcelamiento de Pallochi exministro de Economía de Lula, el debate preelectoral entre Hillary Clinton y Donald Trump, y la firma del armisticio en Colombia.

Tres acontecimientos que tuvieron lugar la semana pasada convocan a la reflexión. Ninguno tuvo lugar en Uruguay y, sin embargo, los tres tienen consonancia con sucesos de acá. Son, por su orden, el encarcelamiento de Pallochi exministro de Economía de Lula, el debate preelectoral entre Hillary Clinton y Donald Trump, y la firma del armisticio en Colombia.

La prisión de Pallochi -el pez más gordo capturado hasta ahora- es la muestra más definitiva de la corrupción política y moral del PT en tanto partido gobernante y soporte de una ilusión popular en Brasil. Prometió una sociedad más próspera y más justa y terminó empobreciendo materialmente y corrompiendo éticamente a ese país. Colonizó al Estado con sus militantes y desparramó la obra pública (sobrefacturada) entre sus clientes: el compromiso con la causa popular justificaba todo y limpiaba todo. En nuestro país hay similitudes dolorosas, desde la venta rocambolesca de Pluna hasta la quema de mil o más millones de dólares en Ancap, pasando por el Fondes y los negocios con Venezuela.

El debate Clinton-Trump, aunque allá lejos, también nos puede ser útil para pensarnos, en particular por el ingreso a la política de una figura como Novick. El debate fue una confrontación entre la política y la antipolítica. Seguí la transmisión íntegra en su idioma original. Por un lado una persona que, sea cual fuere su orientación, sabe lo que es gobernar y entiende la especificidad y complejidad de los problemas que enfrenta su país, frente al esquematismo primitivo y pasional de quien mete todo en la misma bolsa y repite, repite, que los políticos son quienes han arruinado a Estado Unidos, sin aclarar qué políticos, cuáles errores y qué daños. Los males, para él, son un mazacote que incluye los impuestos altos, los inmigrantes, los extranjeros, la deuda pública y la apertura comercial. La solución es gestionar el gobierno como una empresa.

El último suceso es el fin de la guerra civil en Colombia, después de años de muerte y dolor. Las FARC habían llegado a ser un grupo guerrillero en degeneración, cuyos ideales originarios de liberación nacional se fueron extraviando en años de marcha por la selva. El movimiento guerrillero había terminado poniendo sus armas al servicio de un infame modo de sobrevivencia: el secuestro de inocentes para cobrar rescate y la cobertura militar a los narcotraficantes. Alguna gente en Colombia está indignada y protesta: ¿cómo es posible perdonar a los asesinos, reclutadores de niños combatientes y operadores del narcotráfico? ¡Pues para alcanzar la paz! Los que ganan verdaderamente la guerra no son los que logran la derrota por las armas del adversario sino los que consiguen la paz.

En nuestro país la guerrilla tupamara fue derrotada por los militares, pero la paz la hicimos los que amnistiamos a los guerrilleros, repusimos a los destituidos y ofrecimos las reparaciones económicas subsiguientes. Y la mayor muestra de la victoria (política y ética) fue que los derrotados en el terreno de las armas pudieron jugar y ganar en el terreno de los votos. El voto libre, para todos. Y quedó nuevamente restablecido y consagrado que en nuestro país esa es la base de la legitimidad. La única base; no la proclamada justicia popular ni la vocación revolucionaria o la apropiación de una misión liberadora. Esa fue la victoria más hermosa.

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