Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Sin límites

El niño que va creciendo y de a poco se va abriendo a la vida recorre un camino de asombros sucesivos. A cada paso se le abre un saber o domina una técnica: aprende a leer, a equilibrarse sobre la bicicleta. El mundo actual cambia tan rápido que hoy el hombre adulto, antes instalado sin sorpresas en su rutina tan previsible, hoy se topa también con asombros cotidianos y sucesivos. A veces aprende de ellos, otras ya no puede.

El niño que va creciendo y de a poco se va abriendo a la vida recorre un camino de asombros sucesivos. A cada paso se le abre un saber o domina una técnica: aprende a leer, a equilibrarse sobre la bicicleta. El mundo actual cambia tan rápido que hoy el hombre adulto, antes instalado sin sorpresas en su rutina tan previsible, hoy se topa también con asombros cotidianos y sucesivos. A veces aprende de ellos, otras ya no puede.

Uno de los cambios más vertiginosos de los tiempos que vivimos es el que se ha producido en el terreno de la comunicación. Son tantas las transformaciones allí producidas que, honestamente, no podré enumerarlas todas, mucho menos estimar sus efectos sobre la vida de las personas o de las sociedades. Percibo que algunos efectos acarrean enormes consecuencias sociales y políticas. A la vez percibo que su análisis y ponderación ni figura entre las preocupaciones de gobernantes y dirigentes políticos.

Antes -eso quiere decir sólo unos pocos años atrás- la comunicación social, es decir los mensajes, consignas, denuncias o exaltaciones operativas en una sociedad dada, sólo tenían lugar a través de la intermediación de los llamados medios de comunicación: la radio, la televisión y la prensa escrita. Esos medios tenían un responsable jurídico, un respaldo empresarial institucional, y funcionaban sujetos a leyes que todos los países promulgaban en la materia, por entender, con razón, que esos medios tenían gran influencia social para desencadenar corrientes de opinión, proponer con eficacia valores de vertiginosa difusión e incorporación social, y sostener polémicas y disputas sobre el bien común o el destino de las respectivas naciones. En la actualidad eso no es más así.

Las llamadas redes sociales han tomado ese lugar. Un telefonito de bajo costo -que, en realidad son miles de telefonitos- cumple esa función. El derrocamiento de Mubarak en Egipto se produjo por teléfono. La llamada primavera árabe, que de primaveral ha tenido poco, se desató por esa misma vía. ¡Es asombroso!

Nade tiene ningún control sobre esa red que derriba gobiernos y embarca sociedades enteras en movilizaciones colectivas. No hay normas, no hay autoridades, no hay dueños. Tampoco hay cabal conciencia de parte de los usuarios del enorme potencial que ese instrumento encierra.

Pero así como la primavera árabe se detonó y se extendió por toda la sociedad a través del teléfono y las redes sociales, del mismo modo se podrían y se pueden armar campañas de difamación o desprestigio hacia personas o hacia instituciones. Este mismo mes de junio que corre, tomó cuerpo en las redes sociales -se viralizó, como se dice ahora- una noticia falsa sobre un hecho delictivo, lo que produjo el comienzo de la movilización de una serie de autoproclamados justicieros que convergían al punto señalado en la red como lugar del hecho, con el fin de linchar al presunto culpable. La información era falsa y el emprendimiento -por suerte- se desactivó a tiempo por ese motivo.

¿Qué puede pasar si algún grupo social o político se propusiera adiestrarse en el manejo de estas redes de comunicación para arrastrar a la población de nuestro país (o un sector de ella) hacia reacciones colectivas fundadas en información tendenciosa, o directa y deliberadamente falsa? ¿Esto no tiene nada que ver con la política? ¿Falta mucho para que eso suceda?

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