Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Leer y recorrer

La campaña por las internas marcha en quinta y a fondo. Los distintos precandidatos ofrecen a los votantes su visión de país y sus proyectos para el Uruguay.

Todos ellos -unos más, otros menos- han estudiado y han recorrido, dos elementos indispensables para poder hablar con propiedad. En estos días se me hace presente también la riqueza de la convivencia, el valor de la proximidad, como vía para comprender.

Hay algunos que saben todo: se han formado así. Tienen y cultivan una herramienta ideológica que les da seguridad para desentrañar y comprender la realidad. Toda la realidad. En cualquier país, en cualquier paisaje geográfico o social. Esa herramienta les dice que el trabajo produce plusvalía y que el capital engorda succionando esa plusvalía, la propiedad colectiva es un ideal absoluto, el futuro es unívoco y es el socialismo, etc. En los cin- co continentes y en todos los tiempos. La tarea política para ellos está clara y es idéntica en Uruguay, en Francia o en Mozambique. Ya saben cómo es todo y lo que se debe hacer.

Me siento más identificado con otro enfoque y otra sensibilidad: con el querer conocer, buscar y preguntar. Conocer el Uruguay requiere estudio, lectura de los autores que han escrito sobre el Uruguay y requiere manejo de los datos estadísticos. Si este bagaje de información es insuficiente, aunque haya buena voluntad el discurso político será superficial y de mala calidad. Pero hay otro querer conocer que quiero subrayar; está vinculado al recorrer.

Cuenta el Serrano -y lo cuenta mucho mejor que yo- que cuando Wilson fue a Treinta y Tres a tantear las posibilidades de su candidatura para las elecciones de 1971, al volver de un contacto con un caudillo local le preguntó al Serrano: decime, el Cachango, la Juanita, el Ñandú y el Papamadre que aparecen en la canción de Ruben Lena, ¿son creaciones literarias o existen de verdad? Son todos reales le dijo el Serrano, a lo que Wilson contestó: no sabes la tranquilidad que me das.

Conocer el Uruguay impulsa el deseo de recorrerlo. Es atracción por llegar a Centurión y quedarse escuchando cómo corre tranquilo el Yaguarón entre el monte frente a la aduana vieja. O ganas de volver a San Javier, aunque uno ya haya estado allí, y volver a contemplar el río inmenso desde el viejo muelle de piedra. En cualquiera de esos lugares y otros tantos hay uruguayos que saben del Uruguay algo que yo no sé y tienen del Uruguay algo que yo no tengo. En Tacuarembó el peluquero Sanguiné (que no sé si vive), Don Bonifacio Nacimento (que seguramente ha muerto) y Circe Maia creando sus poemas en el jardincito del fondo de su casa frente al hotel, tienen algo de Uruguay que es bueno compartir cuando se puede y añorar siempre.

El cariño por el pago, el afecto por lo nuestro, no es un sentimiento estrecho. Lo que pasa es que una visión universal que no tenga raíz en un paisaje y en una historia es puro discurso con letra de las modas de cada momento. Decía Wilson: “los nacionalismos de encierro, no es que sean malos, es que no son nacionalismos”. Somos amigos de todas las patrias pero somos hijos de esta decía Herrera. La renombrada mirada internacional de Luis Alberto de Herrera era la de alguien que había leído mucho pero que, además, si le mencionaban Carumbé, el rincón de los Tapes o Zapará no tenía que preguntar qué son ni dónde quedan.

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