Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Informe vecinal

A los uruguayos nunca les interesó en serio lo que pasaba en Brasil; ahora lo poco que se sabe se lo retuerce para acomodarlo a los prejuicios: se invocan a cada paso los sucesos de allá pero solo como el cuco, como anticipo de lo que pasaría acá si pierde el Frente. Conviene desasnarnos.

El Brasil de ayer era el Brasil PeTeLulista. El Brasil de hoy no es un Brasil bolsonarista: es el Brasil Post PT. Gran diferencia. Hoy la situación es la de un vaciamiento del sistema político, con pérdida de su (relativo) prestigio y creciente radicalización. Se ha generalizado el discurso de la antipolítica y crece un vago y desordenado reclamo por nuevas formas de hacer política. La crisis de legitimidad de los partidos políticos se ha desbordado; el único que se viene salvando es el juez Moro: tiene hoy más popularidad que Bolsonaro.

Este es producto de la crisis: fue llevado al poder por los hechos y los comportamientos de quienes ahora deploran sus discursos y sus actos de gobierno. Los escándalos sucesivos, primero del “mensalão” en los períodos de gobierno de Lula, y luego el “lava-jato” en el gobierno de Dilma, hicieron atractiva a una figura que, aunque fuese legislador, estaba fuera del establishment y no tocado por ninguna de esas maniobras.

Lo que se aprecia ahora es un Brasil tremendamente dividido; pero dividido negativamente, dividido en dos antis: anti el Lulapetismo y anti Bolsonaro. Este tipo de polarizaciones negativas son particularmente perniciosas porque hacen converger las energías de la sociedad hacia uno u otro de los polos mientras se deja de lado (se desinviste) la preocupación por la situación nacional.

Lula terminó su segunda presidencia (fines del 2010) con un índice de aprobación del 85% según Datafolha. Hoy, ocho años y pico después, el 50% de los brasileros consideran que está bien donde está: preso. El Frente Amplio ha elaborado una teoría conspirativa respecto a que Lula fue encarcelado para que no pudiera volver a ser Presidente. Ignoran que el prestigio y respaldo político de Lula habían caído (10% en las vísperas del impeachment a Dilma) y que, en virtud de la ley de “ficha limpa” (promovida y votada por el P.T. en su momento) no hubiera podido ser candidato aunque estuviese libre.

La polarización que actualmente tironea y hace crujir al Brasil es entre Lula y el juez Moro: no Bolsonaro. Hay estudios que registran una correlación entre el desarrollo del “lava-jato” y la caída de la imagen del P.T. y de Lula. Encuestas de fines del 2017 muestran que, al comenzar la caída de la imagen del juez Moro, la de Lula subía en la misma proporción. La imagen del juez Moro ha caído, primero por haber aceptado el Ministerio de Justicia y luego por la interceptación y publicación de sus conversaciones con los fiscales hecha por The Intercept. El 19 de junio pasado Moro tuvo que presentar explicaciones ante el Senado por ese motivo. La aprobación de Moro ha caído: pasó de 62.5% a 50.2% a junio. (Los que consideran que Lula está donde debe estar bajaron un poco: 49%).

La situación de Brasil no es comparable ni trasladable a nuestra realidad; la situación argentina tampoco. Lo que sí muestran ambos procesos es que la derrota de aquellos gobiernos (y el descrédito de los correspondientes partidos políticos), otrora tan populares y poderosos en esos países, se la echaron encima ellos mismos.

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