Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

El gobierno es una necesidad

En el curso de estas semanas invernales han acontecido eventos fuertes con repercusiones inevitables para nuestro país. Algunos han pasado desapercibidos entre el bochinche de nuestras peleas con la Argentina y con la FIFA, pasando por el fragor de la campaña electoral. Pero un hecho espantoso, terriblemente simbólico, ha golpeado a los uruguayos de una forma que no tiene disimulo ni negación posible: el incendio de dos escuelas de Maroñas. Ese episodio me trajo a la memoria conceptos que había leído en Samuel Huntington. Se verá de inmediato su relación con el episodio de las escuelas y con la tónica general de este gobierno que hoy ejecuta los últimos compases de su gris ocaso.

En el curso de estas semanas invernales han acontecido eventos fuertes con repercusiones inevitables para nuestro país. Algunos han pasado desapercibidos entre el bochinche de nuestras peleas con la Argentina y con la FIFA, pasando por el fragor de la campaña electoral. Pero un hecho espantoso, terriblemente simbólico, ha golpeado a los uruguayos de una forma que no tiene disimulo ni negación posible: el incendio de dos escuelas de Maroñas. Ese episodio me trajo a la memoria conceptos que había leído en Samuel Huntington. Se verá de inmediato su relación con el episodio de las escuelas y con la tónica general de este gobierno que hoy ejecuta los últimos compases de su gris ocaso.

Huntington se hizo famoso por su teoría del choque de las civilizaciones pero mucho antes de eso, en 1968, había publicado “Political Order in Changing Societies”. Su tesis es que las sociedades en cambio solo salen adelante si cuentan con un orden político. Huntington reflexiona no tanto sobre los diferentes tipos de gobierno sino sobre los grados de gobierno, no sobre la calidad de los gobiernos (buenos o malos) sino sobre la cantidad de gobierno (suficiente o escaza). Para los humanos viviendo en sociedad, no hay necesidad más perentoria que la de tener un gobierno; un gobierno democrático, si es posible, un buen gobierno si cuadra, pero, en cualquier caso, un gobierno.

En Uruguay hay un déficit de gobierno. El estado tiene una presencia invasiva en algunas áreas pero con orientaciones descordinadas y contradictorias: por eso cabe hablar de déficit de gobierno. Fueron votados y ocupan cargos de gobierno figuras políticas que nos han proporcionado poco gobierno. En algunos casos, como Mujica, eso se debe a una formación anarquista (sui generis: dona el sueldo pero no paga la patente del fusca y no pudo votar en las elecciones del BPS porque no está inscripto y no aporta). En otros casos es porque en el reparto de la cuota política resultaron designados tipos de probada incompetencia (autenticada y con diploma). Cuando los que tienen que gobernar ni conocen bien el país ni saben para dónde ir más allá del repertorio de recetas trasladadas de generación en generación es que pasan las cosas que están pasando.

Las funciones de gobierno en el siglo XXI se han complejizado y todo tiene más de una causa, es cierto, pero la claudicación de este gobierno para ser gobierno explica bastante lo que pasa. Cuando el gobierno no gobierna gobiernan otros: mandan las corporaciones que, ellas sí, no tienen reparos en ejercer y revolear poder. O, de lo contrario, no gobierna nadie, hay caos y se genera esa diabólica fascinación por la destrucción como espectáculo.

El gobierno —cualquier gobierno— es instituciones más que personas. Las sociedades maduras se rigen por leyes impersonales y se manejan a través de instituciones. Lo primitivo es el trámite personal: confiar en el mano a mano presidencial para arreglar con Argentina en vez de la diplomacia institucional; desvalorizar la institución presidencial mediante la chabacanería y la improvisación; minimizar al Parlamento mediante la comodidad de las mayorías para omitir debates y desentenderse de la constitucionalidad de los proyectos y hasta de la sintaxis y ortografía de los textos. Todo eso debilita las instituciones y derrite la esencia de un gobierno. Nos hemos quedado con mendrugos de gobierno y un superavit de arbitrariedad y desorden.

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