Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Futuro renovador

Qué futuro puede esperarse para este Uruguay de hoy? ¿Cómo se puede imaginar-desear al Uruguay posfrentista? 

Porque imaginarlo es una forma de construirlo: la realidad humana, la que el individuo o la sociedad pueden construirse para sí mismos, es un edificio cuyos cimientos están siempre en algún sueño.

Son tantos los errores cometidos por el Frente Amplio en el ejercicio de gobierno y el panorama actual del país está tan sembrado de escombros que no parece poca cosa desear un futuro en el cual los actores del destrozo (material, social, institucional, educativo, etc.) tengan que abandonar el timón del gobierno y su discurso sustentador puesto en cuarentena. Efectivamente, no sería poca cosa. Pero si lo comparamos con lo que podría llegar a ser el Uruguay del futuro, es bien poca cosa.

No puede ser —por ser realmente poco, aunque necesario— que el mañana que está siendo posible imaginar para el Uruguay sea nada más que voltear una gestión y deslegitimar un discurso (que, por otra parte, se viene desinflando solo).

Allá por aquellos tiempos en los que Checoslovaquia trataba de sacudirse de encima la dictadura comunista-soviética, la resistencia estaba liderada por intelectuales agrupados en torno a Vaclav Havel (quien fue después el primer Presidente del pueblo checo libre). En ese grupo de intelectuales —devenidos políticos no por vocación sino por indignación— se contaba Jan Patocka. Él fue quien logró plasmar en una sola frase lo que todos ellos estaban procurando: "recuperar al alma de la sociedad". ¡Fantástico!

¿Qué vamos a esperar nosotros que pase en nuestro país: que se agote el ciclo del Frente Amplio o algo que tenga relación con recuperar el alma de la sociedad?

El mundo occidental, cuyos arrabales lejanos y pobres habitamos, después de la caída del muro de Berlín tiene planteada una pregunta respecto al alma de la sociedad o de esta civilización. El proyecto de crecimiento económico indefinido no lleva a una satisfacción decente ni suficiente. Daniel Bell —el mejor crítico del capitalismo desde el capitalismo— escribió que la abundancia puede ser considerada por algunos como el camino del progreso, pero un progreso que llega hasta cambiar la heladera por una nueva o el teléfono por otro mejor; nada que tenga que ver con el alma de la sociedad. La abundancia crea más codicia que justicia: es, a la vez, acicate e incertidumbre permanente; el mercado no cuida a los perdedores, el riesgo de la desocupación es permanente, la economía crece en las estadísticas aunque queden por el camino muchos ciudadanos. Es así que se plantean los desafíos políticos abiertos por la economía, a los que debe prestar atención el estado.

El Estado no es solo estructura burocrática (que en nuestra tradición sobra y estorba) sino consenso político institucionalizado, como dijo Lacalle Pou días atrás.

El mañana para el Uruguay, a ser construido desde ya en la imaginación y formulado en el discurso político, tiene que ver con este tipo de cosas. Es muy poco apuntar a una gestión de gobierno correcta y eficiente; es posible hoy imaginar, entusiasmarse y convocar a la dilatada tarea dedicada a renovar el alma de nuestra sociedad oriental. En otros momentos de nuestra historia esto habría tenido, quizás, rasgos de epopeya; en la coyuntura presente es mera sensatez.

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