Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Qué futuro queremos

El Uruguay se encamina hacia las elecciones con el fragor de un ferrocarril que se tiende hacia su destino. (Metáfora propia de un viejo habitante de un país que ya no existe, en el que había ferrocarril). Con las elecciones se abre una expectativa hacia la posibilidad de un país renovado; tal el clima que envuelve a los uruguayos que viven la política como una cosa propia, algo por lo cual se entrega la vida. Recapacito: eso también era propio de un país que no es éste.

Aún desprovista de épica, la política en tiempos electorales despierta deseos, sueños, y apuestas en orden a que el flujo inacabado de la historia de esta nación cobre tonos de renovación; que la monótona rutina de los días iguales sea sorprendida y que los uruguayos se apliquen a ponderar cómo es su país y cómo querrían que fuese, y ¿por qué no? cuánto estamos dispuestos a poner (o a sacrificar) de nuestra parte para ello.

Este Uruguay, el que ha venido a ser en estos últimos tiempos, es diferente al

El Uruguay se encamina hacia las elecciones con el fragor de un ferrocarril que se tiende hacia su destino. (Metáfora propia de un viejo habitante de un país que ya no existe, en el que había ferrocarril). Con las elecciones se abre una expectativa hacia la posibilidad de un país renovado; tal el clima que envuelve a los uruguayos que viven la política como una cosa propia, algo por lo cual se entrega la vida. Recapacito: eso también era propio de un país que no es éste.

Aún desprovista de épica, la política en tiempos electorales despierta deseos, sueños, y apuestas en orden a que el flujo inacabado de la historia de esta nación cobre tonos de renovación; que la monótona rutina de los días iguales sea sorprendida y que los uruguayos se apliquen a ponderar cómo es su país y cómo querrían que fuese, y ¿por qué no? cuánto estamos dispuestos a poner (o a sacrificar) de nuestra parte para ello.

Este Uruguay, el que ha venido a ser en estos últimos tiempos, es diferente al que fue. Su interior ha cambiado completamente bajo dos impulsos verdes: la soja y el eucaliptus: la capital no se ha enterado. Es un país cautivado por el consumo, donde cada vez hay más gente que finca su placer y su identidad personal en los objetos que pudo comprar: su autoestima reposa en lo que tiene (aunque deba varias cuotas) más que sobre lo que haya sido capaz de hacer o construir. País donde la coreografía de los demandantes se impone sobre la fatiga de los laburantes: mucho grito y manifestación por los derechos y poco compromiso con los deberes.

Pero este es un país que parió otros hombres. No tengo afinidad ni simpatía por ninguno de los dos que voy a nombrar pero celebro el Uruguay que los hizo o en el que ellos se hicieron. Vázquez pasó de La Teja a la Facultad de Medicina, a hacerse rico con una empresa médica y a Presidente de la República. Sanguinetti, que no heredó ni prosapia ni fortuna, fue dos veces Presidente y llegó a ser el político más exitoso e influyente de su época. Ambos son hijos de un Uruguay integrador, país de cercanías y de caminos abiertos, sin extremos sociales, construido sin complejos ni vanidades por gente común y corriente. Un Uruguay de pasión pero no de violencia: predicaba y practicaba respeto; los adversarios políticos -que eran los nietos de los que se habían enfrentado en las cuchillas- no se insultaban con histerias menopáusicas sino debatiendo de forma viril. No había violencias arteras en las calles, ni en los estadios, ni en los sindicatos. Y eso no por ser un país de gente mansa; al contrario, no había ese tipo de violencia porque la prepotencia no amilanaba a nadie.

El Uruguay de hoy compra 50.000 autos cero kilómetro por año y tiene casi 200.000 uruguayos viviendo en asentamientos; tiene tres millones de habitantes y cuatro millones de teléfonos celulares (y nadie más se habla cara a cara); cuenta con arroceros que cosechan más de doscientas bolsas por hectárea y egresados de la Universidad de la República que escriben con faltas de ortografía. Tiene bajos porcentajes de desocupación -es decir, poca gente buscando trabajo- y veinte mil o más ni-nis y cincuenta mil nuevos cargos públicos para los amigos del gobierno. Exporta software y no tiene ferrocarril ni tiene carreteras.

¿Cómo somos? ¿Cómo queremos que sea el Uruguay futuro, el de mañana, el del próximo período de gobierno? ¿Cómo se gestan, se asimilan y se impulsan los proyectos, los sueños (y las exigencias) para un Uruguay renovado? ¿Cómo se convierten en entusiasmo colectivo?

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