Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Fraude electoral

El mecanismo natural para configurar la participación de la ciudadanía en la elección de sus gobernantes es el voto.

Nuestro país tiene una honrosa historia de creación y consolidación democrática en ese sentido. La legislación electoral, es decir, las normas para ejercer el derecho al sufragio, la asignación de las bancas, el escrutinio y demás, han sido ejemplares. Una democracia madura cuida religiosamente la pureza de los procesos electorales.

Siempre ha habido tentaciones de burlar la vigilancia y toquetear los resultados electorales. Los recaudos para que eso no sucediese se concentraban en el cuidado del voto ya emitido: custodia de las urnas (incluso con personal militar), vigilancia en el recuento de las hojas de votación por parte de los delegados partidarios, cuarta acta, etc.

El sistema llamado del voto de papel, es decir, con una hoja de papel como soporte físico, donde constara el Partido y el o los candidatos correspondientes, es el sistema más seguro. Con cierta novelería reiterativa aparecen de cuando en cuando promotores del llamado voto electrónico, argumentando que el voto de papel es un anacronismo, que el voto electrónico es más moderno y, sobre todo, más rápido de escrutar y permite proclamar resultados casi inmediatos. Esta argumentación constituye una bobera infatuada; el resultado de una elección no tiene por qué saberse rápido: lo que importa no es la celeridad sino la seguridad de que el resultado proclamado sea real, para lo cual se requiere de un método imposible de adulterar. En un tiempo de "hackers" expertos, la rapidez a costa de la seguridad no es ningún adelanto sino un riesgo.

En los tiempos que corren, con los asombrosos adelantos tecnológicos que conocemos y lo que es la fabulosa capacidad de memoria de las grandes computadoras, las posibilidades de modificar los resultados electorales no tiene su campo en el voto ya emitido, como se tenía antes, sino sobre el voto antes de que este sea depositado en la urna. Veamos.

Hoy la mayoría de la población participa de las llamadas redes sociales: está en las redes. Allí deja, generalmente de forma voluntaria, los detalles de su vida y milagros. Esa información vertida e intercambiada es completada, ahora de forma involuntaria pero no menos copiosa, por las huellas digitales dejadas en los teléfonos celulares (que se usan sin parar, en todo lugar y a toda hora), en los correos electrónicos, en los movimientos bancarios, en el uso de las tarjetas de crédito y hasta en el paso por los peajes. Con toda esa información la maxicomputadora (y el que la maneja) sabe có-mo transmitirle adecuadamente al ciudadano el perfil del candidato que la computadora (o quien la maneja) quiere favorecer en tal segmento de la población. El riesgo que ahora corren los procesos electorales no está en la modificación del número de votos ya emitidos sino en la influencia sobre los comportamientos antes de depositar el voto.

Esta reflexión de tipo electoral desemboca naturalmente en el gran tema de la libertad individual, de las libertades públicas, del miedo a la libertad de E. Fromm, de la servidumbre voluntaria de E. de La Boétie, de las manipulaciones e intimidaciones, de la vigilancia y la lucha de siempre del ser humano y su conciencia.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos