Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Especulación interesante

Decir que alguien es un revolucionario tiene, en la cultura actual, un aroma de elogio. Decir de alguien que es un reaccionario es directamente un insulto.

Si vamos a un diccionario encontramos gran cantidad de acepciones y usos del término revolucionario, pero si buscamos el significado de reaccionario no encontraremos nada esclarecedor. Sin embargo, ambas palabras tienen una base común. No se trata de una raíz etimológica sino, aunque parezca mentira, una misma raíz política: son dos actitudes o inclinaciones que se originan en una misma lógica. Veamos. Lo que sigue es cosecha desordenada de un libro de Mark Lilla titulado The Shipwrecked Mind.

El punto en común de ambos está en la convicción de que la sociedad humana tiene un destino final claramente identificado, un estadio óptimo, evidentemente discernible y, por lo tanto, objetivo final de todos los esfuerzos y proyectos políticos. Es, en una palabra, la convicción de que existe un grado óptimo y definitivo de la evolución social.

De un lado, el revolucionario cree saber cuál es ese punto óptimo y lo ubica para adelante, en el futuro (la abolición de la propiedad privada, la dictadura del proletariado o lo que sea). Del otro, el reaccionario también cree que hay (o hubo) un punto óptimo de equilibrio social o de desarrollo humano, pero opina que tuvo lugar en el pasado y que los males que se viven hoy derivan de haberlo abandonado.

El problema comienza cuando un líder cautivante o un partido político hegemónico siente que puede marcar el camino que la sociedad debe seguir para llegar a ese punto óptimo (que ellos conocen e indican). Los reaccionarios no son conservadores: ellos son, a su modo, tan visionarios y tan radicales como los revolucionarios; ambos abrazados a sus respectivos imaginarios de completud. El revolucionario ve el futuro radiante que los otros están ciegos para ver y se inflama con esa visión. El reaccionario, inmune a las mentiras y los versos, ve el pasado en todo su esplendor y él también se inflama con esa visión. Hasta aquí, Mark Lilla en su acertado análisis conceptual: pero acá, en el Uruguay, pasan cosas uruguayas. Veamos

Lo que complica el asunto en nuestro país es que la nostalgia, el echar de menos el paraíso perdido o prometido, afecta, y cada vez con más fuerza, a los viejos revolucionarios. Ellos se hicieron frentistas y luego han quedado como testigos incómodos del menguante de su vieja ilusión, consumida en la corrupción o en la torpeza, en proceso de desalojo del vecindario regional que hoy huye electoralmente de la izquierda.

Quiero finalizar con un aspecto local que nunca se ha investigado. La izquierda uruguaya siente (o padece) simultáneamente el éxtasis de la victoria y la amargura de la derrota. La frase de Mujica describiéndose a sí mismo fue elocuente: "Yo antes quería cambiar el mundo, ahora me conformo con arreglar la vereda". La izquierda uruguaya vive la euforia (y la soberbia) de tres triunfos electorales sin precedentes junto a la ácida nostalgia de los sesenta. Esto es una forma de reacción: la añoranza del mito cubano idealizado en el Che Guevara ahora sustituido por la Venezuela de Chávez, Maduro y el pajarito. El espíritu revolucionario está tapado por una tendencia reaccionaria, el futuro esperado y proclamado les ha quedado en el pasado, en la nostalgia hacia los años sesenta, en definitiva, en la derrota de los sesenta.

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