Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Los que se la creen

Hace un par de semanas Uruguay se animó a sumarse a una declaración internacional que expresaba una crítica hacia Venezuela.

La postura internacional de un Partido político es casi siempre indicio de sus valores en lo nacional. Cuando un Partido se dice a sí mismo defensor de la democracia y comprometido indeclinablemente con ella en realidad no está diciendo nada: eso lo dice hasta Corea del Norte. Si, en cambio, sostiene que el régimen de Venezuela es una democracia intachable, entonces está expresando con claridad su posición respecto a la democracia.

El Frente Amplio se ha enredado mucho —consigo mismo y con los valores democráticos— por su empeño en quedar del lado de Chávez-Maduro. Durante los últimos años se había obstinado en su apego pagando un considerable precio en términos de coherencia y respetabilidad política (amén de falta de visión para anticipar el hoyo hacia donde Venezuela enfilaba sus pasos).

Hace un par de semanas los sectores del Frente Amplio de cabeza más libre han logrado sobreponerse en ardua batalla interna y el gobierno suscribió la mentada declaración sobre Venezuela. La batalla interna fue contra dos adversarios temibles: los fedayines y los indecisos (los hijos de Batalla que todavía quedan por allí). Poco tiempo más atrás Mujica aparecía en los medios oficialistas venezolanos luciendo una casaquilla militar de ese país. Y Abdala, dirigente principal del Pit-Cnt concurría alborozado a un mitin político en Caracas donde hizo uso de la palabra para mostrar su entusiasmo en chuparle las medias a Maduro y, encima, asegurar que lo hacía en nombre y representación del pueblo uruguayo.

Por un lado Abdala, por el otro antes Mujica, creen que en la Venezuela de Maduro existe la democracia. Pero lo más asombroso es que también ambos creen que representan el sentir del pueblo uruguayo. Perece mentira pero es así: se la creen. Muchos compatriotas —cada vez más a medida que pasa el tiempo— reaccionan contra esa intolerable impostura. Es claro que no hay elementos para pensar que en Venezuela haya democracia. Tampoco que Abdala (y en su medida Mujica) hablen por el pueblo uruguayo. Nadie puede pensar así. Excepto ellos y lo trágico es que se la creen.

¿Qué límites autoimpuestos —de cordura o de mera templanza— pueden sentir los que se la creen? Menos aún van a tomar en cuenta límites impuestos por otros, sean otros compatriotas, sean otros códigos de conducta, sea la propia Constitución de la República. El tenor de los destrozos que pueden llegar a producir en un país un puñado de tipos que se la creen es algo que no está escrito (o que vamos descubriendo día a día los uruguayos en la medida en que se van desprendiendo los pedazos de mampostería del tinglado frenteamplista).

Los tipos que se la creyeron vieron facilitada su borrachera por la pusilanimidad del ambiente que los rodeaba. Fueron ganando espacio en la interna del Frente Amplio por las vacilaciones de los otros. Vuelvo al caso inicial. Como Chávez repartía dólares a dos manos nadie se puso exigente en cuanto a credenciales democráticas. Y nadie se detuvo a pensar a dónde iba a terminar el camino de Venezuela conducida por esos guías (que también se la creían).

Finalmente, a nivel nacional, los que se la creyeron treparon tan alto porque los demás no supimos darle fuerza a un discurso político más laico, es decir más desconfiado de creyentes y más crítico de los que se la creen.

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