Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

No es del chancho sino...

El Ministro Bonomi se ha convertido en estos días en el epicentro del problema de la inseguridad pública. Personalmente me animo a sugerir que el motivo más consistente que encuentro para hablar tanto de Bonomi radica en la propuesta de Vázquez de mantenerlo en ese cargo si él gana las elecciones, reafirmando así la sensibilidad política profundamente conservadora del candidato del Frente y su convicción íntima (y perezosa) de que el mejor futuro para el Uruguay es dejar todo más o menos como está.

El Ministro Bonomi se ha convertido en estos días en el epicentro del problema de la inseguridad pública. Personalmente me animo a sugerir que el motivo más consistente que encuentro para hablar tanto de Bonomi radica en la propuesta de Vázquez de mantenerlo en ese cargo si él gana las elecciones, reafirmando así la sensibilidad política profundamente conservadora del candidato del Frente y su convicción íntima (y perezosa) de que el mejor futuro para el Uruguay es dejar todo más o menos como está.

En cuanto al problema de inseguridad que padecemos hay que mirar un poco más allá. No tema el sacrificado lector que esté por empezar una defensa de la gestión de Bonomi; lo que sí quiero decir es que el problema de la seguridad tiene aspectos locales, muy serios por cierto, y aspectos más globales. Los aspectos locales, que son responsabilidad del Ministro y del gobierno (así como del anterior) y no se deben disimular, abarcan desde la espantosa situación de los presos y las cárceles hasta la designación por vergonzosa cuota política de Ministros del Interior notoriamente incapaces, como lo fueron el Dr. Díaz y la Diputada Daisy Tourné, que están en la raíz del descarrilamiento.

Pero siendo la desidia y los errores locales parte incuestionable de las causas de la inseguridad, hay indudablemente aspectos de lo que podríamos llamar cultura vigente o estilos de convivencia que están en el centro del problema. En este mundo en que vivimos —post moderno según algunos— se ha desvalorizado la norma y se ha ensalzado al sujeto individual.

Escribe D. Robert Dufour: “En este siglo (y buena parte del anterior) todo ha sido llevado a reposar sobre el sujeto individual. Se le dijo al individuo: sé tú mismo, busca tu autenticidad, y que cada uno entienda eso como pueda. Pero al lado de las expresiones más pretenciosas y fantasiosas de ser uno mismo, han aparecido las mayores dificultades para serlo. El camino para ser uno mismo (algo que en sí no está mal) se ha construido en base a destituir de apoyos al sujeto”.

La desaparición o deslegitimación de los grandes relatos, tanto el relato religioso como el político, dejan suelto y casi en el aire al individuo. Esos relatos contenían normas las cuales indicaban caminos aprobados y censuraban desvíos. En este momento es imposible esperar observancia de las normas porque ésta no se puede exigir en nombre de la religión, ni de la patria, ni de un sistema filosófico, ni siquiera del buen nombre de la familia.

Toda moral es impartida en nombre de algo. La observancia de las normas —y sin normas no hay vida en sociedad— cuando ya no puede ser exigida en nombre de nada o de nadie, sólo se obtiene mediante el temor al castigo. Lo único que queda como freno al quebrantamiento de la norma es el miedo, a que te descubran, a que te atrapen, a que te castiguen.

Los partidos y los dirigentes tienen ciertas obligaciones pedagógicas hacia las sociedades que representan y dirigen. Más que a Bonomi, (o además de Bonomi) a quien corresponde cargarle la romana y exigirle responsabilidades en este asunto de la inseguridad, es al Frente Amplio en su conjunto, que durante años, mientras se movía en la oposición, ha sostenido y divulgado la noción que la autoridad era una cosa anticuada, conservadora y propia de las derechas. 

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