Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Una buena discusión

La llegada a Montevideo de la aplicación Uber ha impulsado la reflexión y la discusión -por momentos acalorada- sobre el derecho al trabajo, la protección del trabajador y temas conexos. Muchos actores están interviniendo en la discusión, algunos lo han con argumentos sólidos, otros con sofismas, como es el caso de Dourado o el gremio de los taximetristas.

En nuestro país se puede decir que una de las necesidades básicas insatisfechas es la de razonar adecuadamente: práctica abandonada aún por los defensores de las causas más nobles. Razonar que el Uber debe ser prohibido en aras de la protección del trabajo o del trabajador es un argumento claramente defectuoso. Los que trabajan en Uber tienen el mismo derecho a que su fuente de trabajo se defendida como los que trabajan en el taxi.

Es falso decir que unos cumplen con las formalidades que exigen las leyes y los otros no; todos cumplen parejo. La única diferencia está en que el tachero aduce que tuvo que pagar ochenta mil

La llegada a Montevideo de la aplicación Uber ha impulsado la reflexión y la discusión -por momentos acalorada- sobre el derecho al trabajo, la protección del trabajador y temas conexos. Muchos actores están interviniendo en la discusión, algunos lo han con argumentos sólidos, otros con sofismas, como es el caso de Dourado o el gremio de los taximetristas.

En nuestro país se puede decir que una de las necesidades básicas insatisfechas es la de razonar adecuadamente: práctica abandonada aún por los defensores de las causas más nobles. Razonar que el Uber debe ser prohibido en aras de la protección del trabajo o del trabajador es un argumento claramente defectuoso. Los que trabajan en Uber tienen el mismo derecho a que su fuente de trabajo se defendida como los que trabajan en el taxi.

Es falso decir que unos cumplen con las formalidades que exigen las leyes y los otros no; todos cumplen parejo. La única diferencia está en que el tachero aduce que tuvo que pagar ochenta mil dólares por su chapa y el otro no. Eso es verdad pero sólo deja en evidencia que pagó un privilegio, un coto cerrado, sin que redunde en beneficio alguno para el pasajero ni para la ciudad donde circula. ¿Sería aventurado hablar de algo así como una coima consuetudinaria? Además se debería estudiar si la eventual prohibición no sería una violación de la ley Nº 18.159 de Promoción y Defensa de la Competencia.

De alguna forma interviene también en el clima de la discusión el colosal y bien ganado desprestigio tanto de la patronal como del gremio de los taxistas. Recuerdo claramente un episodio de enero pasado cuando salí en defensa de un trabajador del taxi, el negro Rosa, atacado y molido a palos por no acatar un paro sindical, que él no tenía por qué acatar al no estar sindicalizado. Recuerdo también que la plana mayor del Pit-Cnt declaró que no podía censurar el atropello al trabajador ni pronunciarse al respecto por carecer de la información necesaria. Lo mismo se repitió cuando el dirigente de la propia central sindical Joselo López fue procesado por la justicia por contemplar, recostado a una pared, cómo una banda de funcionarios (sindicalizados) aplicaba prolija pateadura a varios menores internados bajo su cuidado. Por este tipo de cosas los dirigentes sindicales de hoy gozan de un descrédito generalizado.

Pero la discusión sobre el Uber también discurre por carriles civilizados y es una discusión sumamente necesaria, sobretodo para nuestro país. Ha sido una constante histórica de los tiempos modernos que la ciencia y la tecnología hayan provocado pérdida de puestos de trabajo porque han hecho innecesarias ciertas formas de producir o ciertos trabajos arcaicos. Paralelamente la ciencia y la tecnología han creado nuevas formas de trabajo, más eficientes, más productivos o simplemente más cómodos, que sustituyen formas y tareas anteriores. El cambio y el progreso siempre cuestan (en nuestro país el cambio es resistido particularmente por los llamados progresistas).

Pero no hay que abandonar este debate. El curso del tiempo prolonga la dialéctica entre los que defienden el statu quo y el inmovilismo y los que se capacitan para aprovechar el progreso y los cambios. El Uruguay tiene que seguir dándole vueltas al asunto.

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