Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Fin del año

Escribir sobre el fin del año es como escribir en el aire. Uno escribe para ser leído, o por lo menos con esa ilusión, pero estas fechas no son las más propicias para la lectura.

Nunca he sentido impulsos para escribir diarios íntimos, es decir, escribir algo para no ser mostrado a nadie y destinado a no ser difundido. Pero también reconozco una expectativa general respecto a que el escritor se refiera al fin del año y comienzo del que viene. Lo esperado o esperable en estos restos finales del calendario es —para no perturbar la rutina de los convencionalismos— hablar del fin del año como tiempo apto para el balance; pasar raya y esperar-pronosticar-conjeturar ventura para el año que viene. Adelante, entonces.

El balance del año viejo y los augurios para el año nuevo están atados entre sí: uno refiere al otro. En consecuencia deberíamos preguntarnos cómo le fue al Uruguay en el año que pasó y cómo esperamos-proyectamos que le vaya el año que viene.

Lo que pasa es que no se puede hablar así del Uruguay, como si fuera un todo homogéneo que sube o baja al unísono, disfruta o padece de forma simultánea. Para algunos uruguayos el año que pasó fue bueno y para otros fue el año en que desaparecieron para siempre sus empleo y el único tipo de trabajo que ellos sabían hacer.

No me fío de aquellos que engloban todo bajo una misma categoría: por ejemplo los que hablan del pueblo uruguayo y que le fue así o asá. Los que engloban todo se presentan a sí mismos como los que saben quién o qué es el pueblo uruguayo y, sobre todo, saben mejor que nadie qué es lo que le conviene. Hablan de otro (el pueblo) pero en realidad se están refiriendo a sí mismos: ellos son los intérpretes verdaderos, son los que saben del pueblo, de sus anhelos y sus necesidades. De sentirse únicos intérpretes a sentirse conductores hay solo un paso. Esto me parece explicación suficiente para mi desconfianza.

Pero en este fin de año, que para unos será de festejo y para otros de lamento, igual se pueden formular votos y deseos de que el año que viene sea mejor. Pero, otra vez, ¿mejor para quién?

Se puede buscar algo que sea bueno para todos, para el Uruguay en su conjunto y para todos los uruguayos en particular. Estoy tentado de escribir: propongámonos un país más libre. No es poco. Pero quizás sea más apropiado en este momento decir: un país más tolerante. Si uno lo piensa bien las dos cosas van juntas.

Que el año que viene el Uruguay sea un país donde se respeta —no solo se tolera sino que se respeta— lo que opinan los demás. Eso quiere decir un país sin censores ideológicos y sin comisarios políticos. Sin tanto voluntario para la persecución en las redes sociales. Un país que haya recapacitado y se haya avergonzado colectivamente de que los ediles de la Junta Departamental de Rocha hayan levantado la mano pidiendo la pena de muerte o donde las redes sociales se hayan congestionado porque un diputado opina distinto sobre el matrimonio homosexual o porque una escritora haya expresado que no le gustaba el canto de Viglietti. Entre otras cosas.

Deseo para el Uruguay, para todos los uruguayos, un año que viene más libre y más suelto de la temerosa observancia de lo políticamente correcto; y para todos los uruguayos sin excepción más independencia de criterio, menos arrebañamiento y más libertad. ¡Vamos que se puede!

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