Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Fin de año sin final

Se termina el año 2020. Eso va a suceder inexorablemente.

El ser humano, en todas las culturas y en todos los tiempos, ha creado festividades acompañando los mojones naturales que marca Cronos, es decir, el tiempo. En algunos casos habrá sido el arribo de la primavera en otros cualquier fenómeno natural que marque una frontera, un antes y un después.

La dupla 31 de Diciembre y 1º de Enero han marcado siempre un umbral simbólico. En él se deposita una mezcla de deseos y sentimientos referidos a dejar atrás lo malo, lo insuficiente o como sea que cada uno siente sus fracasos y a encontrar o fabricar mejores circunstancias o nuevas oportunidades.

Esta vez, este fin de año, va a ser para los uruguayos muy distinto de todos los anteriores. Lo que amenazó o afectó en el 2020 va a seguir en el 2021. El Covid ha cambiado las expectativas para todo el mundo. El año que viene no podrá ser recibido con la algarabía exultante y ruidos con que desde siempre las familias han acompañado tanto la generación de esperanzas y de ilusiones depositadas en esa fecha simbólica como su capacidad, igualmente simbólica, para dejar atrás lo que no se pudo.

El mundo entero debe prepararse para la perseverancia, para el no aflojar. Debe prepararse para hacerse mejor en el curso de una lucha colectiva y en la renuncia a la tentación egoista de salvarse cada uno por la suya, sin atención ni solicitud por el atribulado de al lado que está aterrado por la misma amenaza y golpeado por la misma adversidad.

El año que viene, el que comienza este primero de Enero, no va a ser, por sí mismo, mejor que este que pasó. Habrá vacuna y -esperemos- llegará a tiempo pero igualmente será un año muy difícil, marcado por prolongadas secuelas del Covid. En ese panorama y esa circunstancia tendremos que hacernos mejores: mejores como personas y mejores como sociedad, templados en la prolongada batalla, sin asustarnos ni perder la cabeza. Después de todo, este pueblo siestero y tranquilo, con acariciada inclinación por las ocho horas y el empleo público, es el mismo que, cuando ha habido una voz que convoca o una catástrofe ciega que golpea, se ha comportado con serena valentía, enfrentando el embate sin tragedia. Y cuando la amenaza no nos pueda nunca nos sentiremos héroes sino cumplidores; no anduvimos repartiéndonos medallas: nos abrazaremos y vuelta cada uno a su trabajo y a su vida.

No es verdad que el dolor temple o purifique. A veces abruma y destruye. Depende de cómo se lo enfrente. En términos generales y salvando estupideces notorias (y barullentas) los uruguayos tuvimos un comportamiento inicial adecuado. ¿No lo supimos mantener o las circunstancias específicas cambiaron? ¿Qué nos hizo o qué nos dejamos hacer? No se sabe: nadie en el mundo sabe bien cómo es el comportamiento de esa enfermedad.

En todo caso las muestras de solidaridad espontánea han sido muchas y maravillosas. No quiero hacer política de esto pero todos sabemos cuál ha sido la actitud y el empeño del gobierno: el índice de aprobación está claro para quien lo quiera ver (y para quien no quiera, también).

Quiero reiterar, como cierre de estas líneas, la evocación de tantos gestos, pequeños o grandes, visibles o recatados, de uruguayos solidarios que han estado atentos al sufrimiento del prójimo; sobre esta base podemos esperar el año que viene con el ánimo bien dispuesto para proseguir la lucha.

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