EDITORIAL
diario El País

25 de Agosto

El martes pasado el Uruguay festejó la fecha de su independencia. A diferencia de otros años, esta vez tuvo un significado especial.

Los uruguayos nos vimos ante la necesidad de asumir un comportamiento desagradable y potencialmente irritante (quedarnos en casa) pero necesario y lo enfrentamos con madurez y, sobre todo -y es lo que quiero subrayar hoy- con un sentido colectivo nacional. Nos tuvimos que cuidar del coronavirus y nos cuidamos entre todos, con un sentido colectivo de responsabilidad individual orientada a un bien común nacional.

Nuestro país está cobrando justa fama por su respuesta sensata y disciplinada a la amenaza sanitaria. En las sociedades más débiles o más enfermas, las respuestas a las amenazas son siempre un sálvese quien pueda o la histeria descontrolada. La toma de conciencia respecto a lo que atañe a todos (o amenaza a todos) y requiere una respuesta común y colectiva supone un grado superior de madurez cívica y de patriotismo. El pasado 25 de Agosto los uruguayos desplegamos un comportamiento sensato y, a la vez, patriótico. El sentido (y el sentimiento) de nación no nace solo: es un resultado. Que nuestro país se haya convertido en una patria es también un resultado.

A raíz de todo esto me vino a la memoria algo que escribió Antonio Machado; muestra una mezcla de ponderación campesina y la pesadumbre de quien ha sido testigo de muchas proclamas locas. Escribió el español: “sabemos que no es patria el suelo que se pisa sino el suelo que se labra.” Bien dicho.

Y también acudió a mi recuerdo lo que con más sentido político proclamó aquel criollo bajito que pobló campo y formó familia en las costas del Cordobés y un día ofreció los títulos de sus tierras y marchó con sus propios hijos a la revolución luciendo una divisa blanca bordada con la leyenda Por la Patria; para él “la Patria es dignidad arriba y regocijo abajo”. Muy bien dicho.

Y como los viejos tenemos la costumbre de evocar recuerdos a la menor provocación, también vino a mi memoria un pasaje de mi primer libro (Navidades Uruguayas, Barreiro y Ramos, Montevideo, 1978) donde escribí: “La Patria es la tierra donde están enterrados nuestros abuelos y la tierra que queremos dejar a nuestros hijos para que la sientan suya. Es el paisaje familiar en cuya medida y en cuya proporción nos sentimos cómodos, nos sentimos en casa. La Patria es la historia, son las raíces que hemos ido echando. La Patria es la lengua que hablamos, los nombres que nos suenan familiares. Son los rostros que amamos, es el camino en el que no tenemos que preguntar el rumbo porque ahí aprendimos a caminar. La Patria es un modo de querer vivir, son unos ideales, es una estructura social y política que nos importa, que nos llega. La Patria es y tiene que ser la noción de destino común, el rincón donde nos sentimos alguien, donde tenemos voz y voto. Donde importa quién uno es y cómo piensa. Donde es más importante nuestra voz que nuestro silencio. Donde queremos participar en el rumbo que se toma y donde, sin presunción, estamos dispuestos a servir para que se mantenga ese rumbo. En fin, es el lugar de todos, que tiene que ser de todos, igualmente de todos. Y si la Patria no es así es una patria empobrecida. No empobrecida de cosas, que eso es una carencia que se puede sobrellevar con dignidad y honor. Empobrecida de su esencia, empobrecida de sus sentimientos, empobrecida de su verdad”. Decir esto en 1978 era mucho decir.

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