Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Se hace lo que se puede

El tiempo electoral es el tiempo de las promesas. Partidos y candidatos se esmeran en presentar a la ciudadanía sus propuestas que, a la vez, son su compromiso y promesa de gobierno en caso de salir electos.

Los cínicos, que los hay, sostienen que todo eso es mentira y puro engaño para captar votos. No: salvo excepciones menores, en el Uruguay no se puede decir eso.

Las promesas electorales que estamos oyendo estos días de campaña electoral son compromisos serios asumidos por candidatos y Partidos. No obstante, hay dos aspectos que nadie -ciudadanía y/o candidatos- puede perder de vista. Primero, la densidad de la realidad sociopolítica (que no se deja modificar así como así) y, segundo, el tamaño de las espaldas políticas del candidato que se compromete (ya que sin motor político no hay movimiento de la sociedad).

El gobernante -acá en Uruguay y en cualquier país democrático- no es un monarca absoluto que dispone las medidas de gobierno y eso se cumple y punto. El gobernante de una democracia -en el caso, Uruguay- no solo tiene que proponer hacer esto o lo otro, sino que debe tener en cuenta dos cosas. Por un lado, si la sociedad (en el caso, Uruguay) tiene por lo menos una disposición primaria para aceptar lo que el gobernante propone. Por el otro lado, si él, el gobernante, tiene suficiente respaldo (votos, estructura partidaria, peso en la opinión) como para disponer tal o cual medida concreta con fundamento de que sea secundada.

Gobernar es interpretar y promover. Se trata de una simbiosis entre el gobernante que percibe las necesidades y las posibilidades de la sociedad, en combinación con la disposición de esa sociedad a aceptar a ese gobernante. Las leyes son simplemente una estructura jurídica de encuadre. Ningún cambio importante en la sociedad se produce confiado solamente a la obligación legal: si así se intentase la ley sería letra muerta.

Decía Fernando Oliú: “Es a través de las manifestaciones de entusiasmo de un pueblo como se revela el laboratorio secreto de la historia y se manifiesta la vida real que traspasa la corteza de una cultura nacional sustentada en la repetición”.

Transformar una sociedad (el Uruguay), o simplemente hacerla progresar un poco, implica abandonar la rutina. En nuestro país eso es costoso: políticamente costoso. Requiere de dirigentes y Partidos que no solo vean e identifiquen un camino sino que sean capaces de despertar los entusiasmos que generen el necesario respaldo político para hacer que a la sociedad uruguaya haga algo que le cuesta: moverse (abandonar la cultura de la repetición). Hace tiempo que el Uruguay precisa que lo sacudan un poco, que no lo acaricien (adulen) sino que le pasen la mano a contrapelo.

Pero los cambios que se propongan, por más convenientes y necesarios que sean, siempre tendrán algún costo. (El no cambio también tiene costos pero invisibles). El candidato debe saber interpretar cuánto costo la sociedad sea capaz de pagar o esté dispuesta a pagar y cuánto de ese costo se puede hacer pagar a nombre suyo (del candidato) de su respaldo partidario, de su confiabilidad personal, de sus condiciones de liderazgo, etc. (o sea, cuántos fondos hay en la cuenta corriente y quién es el que firma el cheque). Gobernar es haber hecho previamente posible (aceptable, deseable) lo que luego se propondrá como obligatorio.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados