Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

¿Cómo somos?

Cómo somos los uruguayos? Durante un tiempo tanto la academia como el personal político elaboraban copiosa producción intelectual atentos a esa pregunta. Rama, con su libro sobre la democracia uruguaya o Real de Azúa con el suyo sobre el poder son algunos ejemplos.

Cómo somos los uruguayos? Durante un tiempo tanto la academia como el personal político elaboraban copiosa producción intelectual atentos a esa pregunta. Rama, con su libro sobre la democracia uruguaya o Real de Azúa con el suyo sobre el poder son algunos ejemplos.

Esa producción intelectual y política nos hablaba de un país de clase media, con valores, gustos y actitudes de clase media. Así nos describían, así éramos y así queríamos seguir siendo.
Actualmente hay menos producción en ese sentido: por lo menos producción escrita. Poco análisis y mucha proclama. Se ve también una generalizada cautela por mantenerse en lo políticamente correcto. Lo políticamente correcto -siempre y en todo lugar- es marcado por quienes detentan mayor poder en la sociedad; en nuestro caso se trata del Frente Amplio.

Uno termina siendo aquello que dice de sí mismo. El relato que se impone y prevalece (falso o verdadero) convertido en sentido común o sabiduría popular, modela indefectiblemente la sociedad. Actualmente queda bien señalar lejanía con el pasado, con nuestro pasado, con el Uruguay de ayer. Culturalmente se ha decretado una distancia con aquel Uruguay de clase media, que fue denostado por la guerrilla y sus acólitos como algo que había que tirar abajo por burgués e injusto, para dar paso al hombre nuevo de la liberación. ¿Qué dejó aquel sueño importado? La generosidad ignorante mutó en crueldad. Sólo quedaron heridas y escombros.

Nos seguimos definiendo como portadores singulares de un coraje y una determinación ejemplares que llamamos garra charrúa, cualidad presuntamente deportiva que se hace extensiva al alma nacional entera.y no es ni lo uno ni lo otro. Deportivamente nos hemos guarecido en la actuación dramática del jugador que se tira al piso al menor empujón, se revuelca en ensayada agonía mirando al juez con cara de suplicio y de súplica; si éste cobra la tragedia se levanta al instante. ¿La garra? En lo político y social es lo mismo: todos suplican, exhiben como muñón de mendigo medioeval necesidades reales o imaginarias. Y piden. Decía Tucho Methol con lucidez dolorida: ésta es una sociedad de comensales. Todos a la mesa, golpeando el plato para que les sirvan.

Pero tampoco todo es así. Hay un Uruguay parado sobre sus propios pies, un Uruguay exitoso en base al propio esfuerzo y a la inteligencia para agarrar las oportunidades. Y ha hecho prodigios tanto en la producción agropecuaria como en la informática y otros rubros. Eso sí: se muestra poco, en parte por modestia y en parte para que los comensales no le pidan que les llenen su plato (“enyantás de prepotente lo que nunca te ganás).

Hay pocas cosas con tanto contenido político como la estética. Un pueblo es lo que muestra al vestirse, al adornar su casa, en lo que le gusta cantar, ver en el cine o comer cuando festeja. Si ganó el premio nacional de bellas artes una réplica en miniatura de la banda presidencial, destinada (o dedicada) a la perra Manuela, eso habla del Uruguay. No sólo de la alcahuetería instalada: habla de un sueño de país, la estética es política. Por eso Vázquez empezó su aún no iniciado mandato de riguroso cuello y corbata: cambia la estética para cambiar la política.

¿Por qué -me pregunto- el compromiso con la justicia social incluyó necesariamente una estética tan gris, desabrochada, en chancletas, con luz de 12 watts, ciudades grafiteadas como pared de excusado y la exaltación de una perra de tres patas? En definitiva -o, como dicen ahora, de última- ¿cómo somos? 

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