Joaquín Secco García
Joaquín Secco García

El vecindario

En 2003, sin explicitarlo demasiado, Argentina optó por desatender compromisos financieros internacionales y optar por el autofinanciamiento de su desarrollo. Se concibió una ingeniería que terminaría con la prioridad de la inversión extranjera y del endeudamiento del Estado. Se forzó una reducción de la deuda existente a solamente una tercera parte de su valor, lo cual dio oxígeno para recomponer el crecimiento. Con argumentos nacionalistas estilo guerra fría, se fortaleció el respaldo de gobernantes y sindicatos.

En 2003, sin explicitarlo demasiado, Argentina optó por desatender compromisos financieros internacionales y optar por el autofinanciamiento de su desarrollo. Se concibió una ingeniería que terminaría con la prioridad de la inversión extranjera y del endeudamiento del Estado. Se forzó una reducción de la deuda existente a solamente una tercera parte de su valor, lo cual dio oxígeno para recomponer el crecimiento. Con argumentos nacionalistas estilo guerra fría, se fortaleció el respaldo de gobernantes y sindicatos.

El sustento para optar por este camino descansó en la abundancia de un país rico en energía, minerales y alimentos, con un mercado interno considerable y acuerdos de intercambio de manufacturas con Brasil, todo lo cual hizo posible un crecimiento a tasas cercanas al 8% anual durante años. Las condiciones favorecieron un aumento de las inversiones y la elevación tanto de la producción exportable como la destinada a un mercado interno que crecía aceleradamente. El detonante del éxito fueron los precios internacionales. Sobre ese entendido se organizó la estrategia, la cual seguiría siendo efectiva mientras duraran las condiciones.

Para mejorar la competitividad de la economía y mantener un país barato en dólares, se establecieron retenciones a la exportación, de manera de crear dentro de fronteras un entorno con energía y alimentos a precios muy inferiores a los de los mercados internacionales. Por su parte, las retenciones pusieron en manos del gobierno una enorme cantidad de recursos, con los cuales se hizo crecer exponencialmente el gasto y el éxito político. Los granos aportaban entre el 20 y el 35% de su valor de exportación, pero su producción se beneficiaba de maquinaria, medios de transporte, combustibles y fertilizantes de precios por debajo del mercado mundial. La fertilidad de los suelos completó el paquete.

El sistema se parecía mucho en sus reglas básicas al modelo de sustitución de importaciones de mediados del siglo XX que había fracasado estrepitosamente. Para esta ocasión, se repetía que el modelo necesitaba de la coincidencia de superávit comercial, superávit fiscal y un dólar caro. El éxito solamente dependería de la vigilancia que el gobierno hiciera de manera de perpetuar los superávits gemelos en las magnitudes precisas que aseguraran la sustentabilidad.

Pero los precios dejaron de crecer, el gasto populista no dejó de subir y junto a aumentos salariales desalineados, se encarecieron las exportaciones. Se cayeron los principios sobre los cuales el modelo funcionó durante los primeros años. Hoy tienen déficit donde había superávit y el dólar está barato. Hay recesión, inflación, caída de salarios y aumenta el desempleo. Aunque siempre se espera que alguien desactive la bomba antes del estallido, esto no ocurrió por el momento y han vuelto al default. Argentina es demasiado importante para dejarla caer y es probable que los pronósticos no deban ser tan pesimistas como muchos lo pintan, pero es un tropiezo que se hará sentir.

Como ha ocurrido en estos años, cuando les va mal se la agarran con nuestro país exaltando un nacionalismo obsoleto. El modelo argentino no es ajeno en nuestro país. Muchos mantienen proyectos populistas modelo K o modelo Chávez, los cuales derivan siempre en pérdida de competitividad de la economía. El balance entre crecimiento y equidad, es siempre inestable y depende muy especialmente del contexto externo cuya variabilidad es tan acentuada.

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