Javier García
Javier García

La urna y el asfalto

Esta semana la izquierda decide cómo asume su nuevo rol.

Si es con la foto de Buenos Aires, que circuló en el mundo, donde Vázquez y Lacalle Pou saludaron juntos al presidente argentino, o con las declaraciones de Óscar Andrade augurando escenarios de respuesta política "tipo Chile” al gobierno electo.

El solo hecho de plantear la importación de un modelo de enfrentamientos como se vive en el país trasandino, habla de que nada de lo que sucede en el continente por estas semanas parece “marca nacional”. Será o no, pero cuando se trasnacionaliza la protesta con sus métodos, aunque sea solo a título de amenaza, denuncia que el molde se fabricó lejos.

La amenaza de Andrade de canjear el pronunciamiento de las urnas por el de la calle, es antidemocrática. El grito no vale más que el voto. Esto explica cosas. El no reconocimiento del triunfo la noche de las elecciones no fue una actitud aislada, es más profundo. El Frente Amplio se niega a reconocer que perdió el poder. En el imaginario de ese partido, y de sus dirigentes principales y aquellos instalados en la burocracia hace 15 años, la resistencia es a irse. Ganaron los partidos a los cuales despreciaron y negaron todo ese tiempo. Cómo puede ser que dimos tanto, gobernamos tan bien, y nos tengamos que ir, piensan. Por la sencilla razón que para la mayoría de los uruguayos no gobernaron bien. Que la mayoría se cansó que le sacaran más de lo que le dieron y de pagar impuestos y ver el despilfarro. La mayoría creía, como la oposición, que debían sacar a Bonomi y su elenco, hace mucho, por ser un fracaso. La mayoría repudió el apoyo frenteamplista a la dictadura de Maduro y sospechaba que ahí había mucho más que política, había dinero. La mayoría no entendía cómo el FA no reaccionaba frente a los escándalos en Ancap. La mayoría pidió cambios, y lo hizo engrosada por exvotantes de izquierda defraudados.

El cambio es histórico. Entre la primera y la segunda vuelta medió una campaña de mentiras y amenazas sociales terrorífica por parte del poder hegemónico. Y, pese a todo, la mayoría les dio la espalda.

Amenazar ahora, cuando faltan más de dos meses para la asunción de gobierno, sin haber tomado ni media medida, que habrá reacciones tipo Chile, es demencial. Pero no puede pasar desapercibido. El Partido Comunista, el de Andrade, conoce de estas cosas. En 1973 salió corriendo a apoyar los conocidos comunicados 4 y 7 de los militares golpistas de la época bajo el paradigma de “oligarquía o pueblo”, reiterado en esta campaña. Nunca se arrepintió de la barbaridad. Sencillamente porque siguen pensando lo mismo. Es “dinosaurismo” ideológico. No extraña esa cabeza conspiradora y autoritaria. Quienes proclaman, aún, la lucha de clases, no creen que la cuestión es entre la libertad y el despotismo, como enseñó Artigas, sino entre “oligarquía y pueblo”, sin importar si hay que sacrificar la libertad en el camino. Mientras sea pueblo, que sea aún a costa de palo y sable. Ya sabemos cómo terminó ese experimento.

El 1º de marzo asume un gobierno democrático, que eligió la mayoría (del pueblo). El reclamo y el conflicto es propio de una sociedad plural y viva. Eso es la democracia. Hay que administrar las diferencias que son naturales. Lo que no es legítimo es amenazar con violencia callejera. La urna no se cambia en el asfalto. Movilización toda. Pero Constitución, también toda.

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