Javier García
Javier García

Talibanes del corralito

Las mutualistas son un invento “made in Uruguay”. Son fruto de la solidaridad y el socorro que distintas colectividades de emigrantes o religiosas y hasta partidos políticos se dieron hace más de un siglo.

Modificaron su estructura hasta llegar a lo que hoy son las llamadas Instituciones de Asistencia Médica Colectiva, o prestadores integrales de salud. Atienden a más de la mitad de la población, y si bien son privadas, el dinero que administran es público (no estatal), lo aportan los trabajadores de su bolsillo mediante el Fonasa. Es plata privada que pasa por el colador del Estado que es el agente de retención y pago.

El gobierno mediante sutiles mecanismos de reembolso de dinero por cumplimiento de las llamadas “metas asistenciales” tiene en su mano la viabilidad económica de las mutualistas, las controla y las “aprieta”, sabiendo la fragilidad en que se encuentran.

La calidad de los servicios que prestan se ha deteriorado mucho en los últimos años: tiempos de demoras larguísimos, feriados quirúrgicos, costos agregados, muchos de estas cosas son mecanismos encubiertos de ahorros que terminan pagando los usuarios.

Con todo esto, y muchas quejas más, siguen siendo estas instituciones una gran forma, a la uruguaya, de cuidar la salud de la mayoría de la población en forma integral, cosa que en otras partes del mundo es impagable y solo se atiende el que tiene plata para costear servicios muy caros.

En el gobierno empezó a primar una visión ideológica contraria a las mutualistas. Si fuera por ellos todos deberíamos atendernos en los hospitales de ASSE, por más que importantes representantes del gobierno cuando lo necesitan se van al exterior a tratarse.

Es aquello de la doble moral. Tendríamos que pensar en que los hospitales no fueran un campo de irregularidades y de conjunciones de intereses económicos ilegales como se ha descubierto en varios, y que la plata fuera destinada a mejorar la atención y no a mejorar los bolsillos de unos pocos vivos. Queremos los mejores hospitales y policlínicas y también las mejores mutualistas. Emparejar para arriba y no para abajo.

Con el corralito mutual se expresa esa visión ideológica de pauperizar los servicios, tratando a los usuarios como números de estadísticas, sin alma, que no pueden elegir y ejercer sus derechos básicos, que deben bancarse los malos servicios, no quejarse, pagar y callarse. Si lo atienden mal joróbese, el superior gobierno decide por usted. Si no le gusta, puede irse sin problemas, sin trabas y le pagamos el boleto, a atenderse a un hospital de ASSE, así además demostramos que en las estadísticas crece la atención allí y decimos que es porque son buenos y escondemos que hay un decreto que infla artificialmente la cantidad de pacientes sin que lo sepan los interesados.

El corralito mutual es una vergüenza, negadora de derechos y típica de los gobiernos mediocres. Que limita la libertad de elección en algo tan sensible como la atención de salud, que además los usuarios pagan con su Fonasa porque nadie se lo regala. Es fruto también de la ideología estatista que cree solo en la burocracia pública y no en lo privado.

Por eso ojo: el “antimutualismo” que se esconde atrás de esta decisión pone una luz de alerta sobre el futuro del sistema mutual que hoy está seriamente amenazado, no solo por algunos números, sino por algunos talibanes ideológicos.

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