Javier García
Javier García

El río de la "plata"

Uruguay fue la plataforma de lavado de dinero negro kirchnerista. El primer paso fue en Argentina, donde en los gobiernos K se robaron la plata pública y el segundo Uruguay, para consumar el delito. Nadie roba para dejar el dinero negro escondido, lo quiere usar: casas, autos, negocios, viajes.

Las valijas de Antonini Wilson y sus 800.000 dólares son para el churrete a esta altura: una simple propina o el sobrante de varias coimas más grandes.

Durante años entraron con impunidad los delincuentes de cuello blanco que robaron allá y venían aquí a fastuosas casas y barrios, adornados de oropeles y quizás recibidos como importantes cuando lo que deberían vestir es el mameluco de presos, el que les va a llegar pronto. No es creíble que nadie hubiera percibido desde el Estado que acá se trajo dinero sucio millonario durante años y sistemáticamente.

Lo digo con absoluta responsabilidad: no me como la pastilla de que no hubo una conexión local que facilitó o por lo menos miró para el costado premeditadamente. Basta ver la frecuencia de cruces en yates por nuestro río común, nunca mejor llamado de la "plata", aunque en este caso negra y corrupta, que sin revisar entraban como "Perico por su casa" a un puerto privado en Carmelo. Otros en avión.

Estos grandes traficantes de dinero venían en ocasiones por unas decenas de minutos y nadie se preguntó nunca ¿por qué? Un país, el nuestro, donde el Estado controla cada movimiento de dinero desde la compra más cotidiana de unos fideos hasta una inversión inmobiliaria, donde los servicios de inteligencia, oficiales y de los otros, conocen nuestra vida, donde las cámaras de vigilancia nos trasformaron en un gran estudio de televisión a cielo abierto, donde para hacer una transacción en una red de cobranza o banco casi que hay que demostrar el grupo sanguíneo y, ¿nadie se enteró en años?

Yo creo que aquí se miró para el costado. Del otro lado del río de la "plata" se denuncia que hubo una financiación política a la campaña de Vázquez allí.

Para no entrar unos ticholos de más o unas pastas de dientes baratas la Aduana uruguaya implementó el "cero kilo", y hasta se controlaba la nafta en los tanques de los autos. Con un celo encomiable perseguían al fronterizo que buscaba estirar sus ingresos. Por atrás, sin embargo, en Carmelo bajaban financistas de lujosos yates con mochilas y bolsos que por orden expresa de la Aduana no se revisaban o se registraban a demanda (gracioso, sería la primera vez que un traficante pide que lo revisen). Adentro de ellos millones de dólares sucios. El director de Aduana dice que Carmelo es un lugar de riesgo para el tráfico ilegal, sin embargo allí dio orden de no abrir bolsos.

¿A los distintos servicios de inteligencia nunca les llegó una noticia sobre nuestros rutinarios visitantes? Venían y se iban, a veces enseguida, se compraban casas; sobre alguno de ellos el periodista Lanata en 2013 describió la operativa de ingreso. ¿Nadie les puso un ojo? En ese entonces Topolansky dijo que aquellas denuncias sobre estos personajes y sus ingresos por Carmelo eran una "estupidez".

Solo hay dos posibilidades: o nuestras instituciones no existen o alguien les dio cobertura. La plata entró física y no se evaporó. El robo fue allí, pero la plata llegó aquí. ¿Dónde está?

Ser centro de lavado es una calamidad. Así nos está viendo el mundo. El populismo siempre es corrupto.

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