Javier García
Javier García

Maduro es Videla

A la hora de escribir este artículo Venezuela se desangra entre la censura, la persecución y el crimen. La mayoría de las más prestigiosas democracias del mundo se han solidarizado con nuestros hermanos venezolanos, repudiando al ególatra asesino de Maduro.

A la hora de escribir este artículo Venezuela se desangra entre la censura, la persecución y el crimen. La mayoría de las más prestigiosas democracias del mundo se han solidarizado con nuestros hermanos venezolanos, repudiando al ególatra asesino de Maduro.

El gobierno uruguayo parece confundido, pero en verdad no lo está, sabe lo que hace y lo que no hace. Invoca para justificar su esterilidad política los tres principios cardinales de nuestra política exterior: la no intervención en asuntos de otros países, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de los conflictos. Y los invoca mal, a sabiendas.

La no intervención es para el gobierno del FA un criterio de aplicación parcial e ideológica, no absoluto. No lo invocó con Paraguay (caso Lugo), ni con Brasil (defensa de Lula y Dilma). La interpretación, además, es equivocada. Cuando hay una dictadura que viola la dignidad y la integridad, asesina y persigue, no intervenir censurando y repudiando es ser cómplice y socio. En verdad interviene, pero apoyando el crimen. Gracias a que Venezuela “intervino”, cuando aquí se perseguía en dictadura, se salvaron decenas y decenas de vidas uruguayas que se ampararon en su solidaridad.

La autodeterminación y la soberanía del pueblo, segundo pilar, es lo que justamente el caribeño dictador, como antes lo fueron los asesinos Trujillo y Somoza, ha violado y pisoteado. Para reivindicar la libertad de su país es que miles de estudiantes salen a la calle exponiendo su vida ante paramilitares “bolivarianos” financiados y armados por la canalla oficialista de Maduro, Diosdado Cabello (el Montesinos venezolano) y sus secuaces.

Y, por último, la solución pacífica de los conflictos es lo que el régimen impide sembrando aquel país de muertes o detenciones arbitrarias del abyecto Sebin (servicio de inteligencia bolivariano), que secuestra a líderes democráticos en sus hogares. Mientras, reina el silencio oscuro y sospechoso del gobierno de Vázquez y su canciller Nin (que si aprendió algo de su pasado nacionalista debe sentir el peso de la conciencia por la postura que le hacen defender).

Se podría explicar ese silencio vergonzoso para evitar que de allí no delaten a algún “socio” de negocios ilegales y valijas de dinero. Si alguno hablara, aquí la Caja de Pandora sería escandalosa. Pero prefiero pararme en el silencio ante la violación de los derechos humanos más que en complicidades corruptas, que las hubo.

Maduro y sus cómplices se sumarán a la galería de los peores tiranos que asolaron nuestro continente. Todos ellos en su odio a la libertad esconden su pequeñez infinita. En América Latina los sufrimos reiteradamente. Hasta ahora el más emblemático de estos fue el Gral. Videla, asesino de argentinos y también compatriotas nuestros.

Esta semana se estrenó la muy buena película de Mateo Gutiérrez sobre Wilson. Me acordé, al verla, de la carta que Wilson le escribió al dictador argentino en momentos dramáticos “(…) Cuando llegue la hora de su propio exilio -que llegará, no lo dude, general Videla- si busca refugio en el Uruguay, un Uruguay cuyo destino estará nuevamente en manos de su propio pueblo, lo recibiremos sin cordialidad ni afecto, pero le otorgaremos la protección que usted no dio a aquellos cuya muerte hoy estamos llorando”.

Este es el abismo que separa la dignidad, del silencio cómplice y ominoso de nuestro gobierno.

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