Javier García
Javier García

Luis XIV (por tres)

Hay dos pecados capitales en la política: la corrupción material, y la soberbia, que es la corrupción del alma. Las dos por igual envenenan esta actividad, y las dos atacaron al gobierno. Y no lo sueltan. “Podremos meter la pata pero no la mano en la lata”, decía Vázquez. Cambió. Ahora, corren la lata para que no se la vea y protegen la mano. Latas violadas y manos intactas.

Hay dos pecados capitales en la política: la corrupción material, y la soberbia, que es la corrupción del alma. Las dos por igual envenenan esta actividad, y las dos atacaron al gobierno. Y no lo sueltan. “Podremos meter la pata pero no la mano en la lata”, decía Vázquez. Cambió. Ahora, corren la lata para que no se la vea y protegen la mano. Latas violadas y manos intactas.

La soberbia era un distintivo del ministro Astori, la academia le rebosaba, le fluía a borbotones por la piel. Tuvo la fortaleza de contagiar a su entorno. Hoy Vázquez es quizás el mejor exponente. Está débil, enojado, rezongón, y se volvió maleducado. El correr de los años, para todos, es implacable y le agudizó unos rasgos que tenía ocultos. Agresivo, se enoja en los espectáculos artísticos con los que recorre el país mensualmente con sus ministros, está irascible. Se ha empeñado en ponerse en un podio imaginario desde el cual menosprecia, ironiza y lanza barro político, sin percibir que se le ensucian las manos con esa misma tierra. Él, que debería ser un escalón de descanso institucional, un garante del diálogo y de República, es un francotirador arrinconado en Suárez y Reyes, lejos de la gente y el ruido molesto.

El Prado es un bello barrio, silencioso, y el corto tránsito entre su residencia y sus oficinas le garantizan el aislamiento que lo sumerge en trance y le permite estudiar su próximo disparo. Habría cosas más interesantes para un hombre de su inteligencia, pero cayó en eso. No solo no tiene agenda, no tiene ganas, que es peor. Solo dispara barro, eso lo divierte. En fin.

Pero el broche de oro de esta tríada gobernante por años, lo puso Mujica el jueves.

El experimento de la marihuana es una obra póstuma de improvisación y frivolidad. Su obra maestra. La imagen de su gobierno. Todo atado con alambre oxidado, sin sostén, sin destino. Se lo comió el personaje, en este caso Luis XIV, “el Estado soy yo”, que en términos uruguayos es “me arreglan esto o tranco el Parlamento”. Es un déspota genético, nunca creyó ni en la democracia ni en la República. No cree, le repugna el debate y el pluralismo. No cree en la discrepancia ni en una ley que nos obliga a todos, le sirve si coincide con él, vive en un mundo paralelo que abonó su popularidad (que la tiene sin duda, aunque esté en caída libre). El veneno populista da Mujicas aquí y Maduros en el Caribe. Es lo mismo. Cuando le salta la cadena aparece lo real, lo otros es comedia para incautos de aquí y de la prensa internacional.

El odio a lo diverso tiene muchas expresiones, en política se odia la libertad, la ley que nos hace iguales, la idea distinta que molesta. Ese es Mujica, un odiador de aquello que se le pone en su camino y que le impide saciar su sed de poder sin límites. La austeridad que muestra no es real, es obscenidad mediática para ocultar su verdadero yo, el del patrón político, un hacendado de los votos. Como decían en mi barrio, se la creyó. Se va a llevar un baño de realidad, porque nada es para siempre. La gente lo empezó a descubrir.

Ojalá la economía en el país mejore, necesitamos que repunte y crezca. La elección que viene, dentro de dos largos años, no se va a definir por la economía, y está bueno que así sea. La define la política: es la continuidad en el poder de una oligarquía, de una tríada de mandamases sordos y soberbios, o la República, sobria y sencilla. 

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