Javier García
Javier García

Con los sin gremio

El paro de la educación la semana pasada donde a partir de una pelea entre dos personas quedaron sin clases decenas de miles de gurises y el conflicto en el supergás no deberían dejar dudas sobre del lado de quién hay que estar, si de las corporaciones gremiales o de los que no tiene voz.

El paro de la educación la semana pasada donde a partir de una pelea entre dos personas quedaron sin clases decenas de miles de gurises y el conflicto en el supergás no deberían dejar dudas sobre del lado de quién hay que estar, si de las corporaciones gremiales o de los que no tiene voz.

Al final, un discurso políticamente correcto lleva a quedarse callado y mirar cómo un grupo de trabajadores muy poderosos deciden por su cuenta cosas que involucran a todos pagando los demás las consecuencias. Tan poderosos son que pueden detener toda la educación pública o dejar sin gas para cocinar o calefaccionarse a miles de uruguayos, a escuelas sin comedores o a empresas sin producir, y con ello determinar que otros trabajadores vayan al seguro de paro o que niños coman refuerzos y no un buen guiso caliente que en muchos casos será su única comida diaria. Todo tiene un límite.

La cultura política uruguaya nos llevó a no discutir cosas que son intocables. Los sindicatos son parte de esa vaca sagrada. Si se está en todo con ellos entonces se pertenece a esa clase de políticos que son buena gente, progresistas y sensibles. Por todo ello, obviamente, ser de izquierda en esta misma cultura es casi como ser hermano mellizo del agua bendita. Si se cuestiona a los sindicatos entonces se es de derecha, rancia y hambreadora. Así, por soportar estas cuestiones en silencio, por no enfrentarlas, es que primó aquello de que los sindicatos pueden hacer lo que quieran. Limitar en casos extremos el derecho de huelga es casi un asesinato democrático. Por encima de este derecho no hay otros, ni aún los de los más débiles, los que calladitos se la bancan sin poder chistar, entre otras cosas porque nadie los defiende. Y acá cabe una autocrítica por ser pasivos ante los atropellos sindicales.

Yo creo en los sindicatos, milité años en los gremios estudiantiles y además enfrentamos a la dictadura cuando a algunos había que buscarlos debajo de la cama para que salieran y otros usaban pañales. Pero claro, cuando todo es más fácil todos son más valientes y se animan a descalificar de oficio a todo aquel que discrepa.

Los gremios no tienen la razón siempre, se equivocan como cualquiera, y cuando pasa no solo causan daños sino que violan derechos de otros. Casi siempre violan los de los más indefensos porque, por ejemplo, ningún muchacho de un colegio privado perdió una hora de clase en este paro ni ningún niño con más posibilidades dejó de comer por la decisión gremial.

Hay que poner límites. El poder sindical sustituyó al poder legítimo y soberano durante los gobiernos del FA. Han sido los verdaderos ganadores de estos años para los cuales no hubo década perdida. Llenaron las arcas de sus gremios de dinero con millonarios fondos, dirigentes sindicales se transformaron en gobernantes con poder de veto en la enseñanza y la salud, y otros aprovecharon la fiesta para hacer negocios “tercerizados” escandalosos (como en ASSE donde se conjugó todo a la misma vez), o emprendimientos turbios de viviendas sindicales.

Los uruguayos están bajo el imperio de algunos gremios desmadrados y un gobierno sometido y miedoso de ellos. ¿Quién defiende a los sin gremio? La democracia es representativa, a puro voto, si la suplantan asambleas sindicales entonces es corporativismo. Una cosa es el derecho de huelga y otra que gobiernen los sindicatos. La segunda se llama fascismo.

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