Javier García
Javier García

El gasto es del público

Por primera vez que recuerde, el gasto público, el peso del Estado en el bolsillo de la gente, empieza a ser tema central de campaña sin prejuicios.

Dejó de ser un tema ideológico para ser bien práctico: la vida es muy cara, producir un drama y trabajar y que el Estado me meta la mano en el bolsillo y se quede con una enorme parte, no da para más. Discutir estas cosas hasta la campaña pasada era una herejía. Se podía gastar sin piedad, contratar sin límite, no explicar cómo se gasta, porque el gasto público es “social”. Una enorme ridiculez que no resiste el mínimo análisis. Ser eficiente en la administración pública era una cosa de académicos.

El gasto es del público, de la gente, no de los burócratas. Cada peso que se destina al Estado es puesto por el ciudadano que lo paga de su jornada laboral y su jubilación. Se trabaja para unos señores y señoras que lo usaran con sus decisiones, sin preguntarle nada, durante cinco años. Cuando hay elecciones, el ciudadano decide quien le maneja buena parte de la billetera por cinco años. No es poca cosa.

El gasto público se paga también con el kilo de papas, y en la carne. No es un tema de economistas sino de los feriantes y almaceneros. Las cosas salen más caras, entre otras variables, porque sus costos de producción, distribución y comercio están condicionados por las cuentas públicas. Del quilo de papas también sale plata para pagar el agujero negro de Ancap o los sueldos de millares de contratos y hongos de dudosa transparencia que pululan para financiar aparatos políticos.

El Frente Amplio inventó un discurso perverso, con el cual no le fue mal, a corto plazo. Anestesió a buena parte de los uruguayos y los convenció que todos aquellos que quieren recortar el colesterol y la grasa del organismo llamado Estado, para que quede musculoso y ágil, son como una especie de computadora insensible que le saca la comida de la boca a los niños en las escuelas. Dio resultado, porque hasta hace muy poco el que hablaba de esto era reprimido por la horda y “motosierrado”. Se entiende.

Cuando el agua baja se empieza a ver las piedras. Y el agua bajó, y la gente se enoja cuando ve cosas que saltan los ojos: flotas de autos oficiales lujosos y de vidrios oscuros por todos lados, llamados públicos que son casi la única fuente de trabajo perenne, pero que hay que pagar desde el sector privado, despilfarro de plata supuestamente social pero que termina en los bolsillos de militantes rentados por el pueblo. Mientras, asentamientos que se multiplican, puertas de hospitales sin médicos, comercios que cierran porque no le dan los números, tambos que desaparecen, basura en montañas en las calles de Montevideo (eso sí, el tema son las jineteadas).

Astori después de ser el responsable durante quince años de la economía, ahora le preocupa el déficit y el gasto público. El que lo apañó y abrió la canilla para que sus camaradas lo usaran para hacer política para su partido, ahora pone cara de yo no fui. Cerca de las elecciones se escandalizan. Lo más social de todo es no sacarle el sueldo al trabajador y la pasividad al jubilado, es un hospital que funcione, escuelas que no se lluevan y productores que produzcan. Como siempre, cuando hay dignidad arriba, hay regocijo abajo.

Y para eso hay que terminar con el despilfarro público. La disyuntiva es: austeridad o impuestos.

Esa es la cuestión.

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