Javier García
Javier García

Estatizando la solidaridad

Esta semana debatimos en el senado un proyecto oficialista que busca regular el voluntariado privado. El título habla de promoción, pero lo que busca es controlarlo y su consecuencia será eliminarlo.

Miles de uruguayos, de todas las edades, pero muchísimos jóvenes, vuelcan parte de su tiempo a ayudar a los demás. Sin recibir nada material a cambio, por el solo hecho de ayudar a otros. La inmensa mayoría en forma anónima: no les interesa nada más que dar una mano y estar cerca del que necesita más. En una escuela, en un hospital, repartiendo alimentos, cuidando enfermos o a gente mayor, una madre haciendo tortas fritas en un club de baby fútbol o un padre vendiendo panchos para pagar la cancha y las camisetas; los Rotarios, los Leones, las congregaciones religiosas, los colegios católicos, judíos, los evangelistas, una comisión de padres o vecinos de una escuela en la ciudad o rural. Los Boy Scouts, organizaciones que trabajan con adicciones de todo tipo y entre ellas los alcohólicos anónimos. Son parte esencial de una sociedad magnífica que a través de los años ayudó a miles de uruguayos y llenó espacios vacíos donde el Estado impersonal no llega o no le interesa, o no tiene por qué estar. Estas organizaciones hacen enorme bien, pero además en términos materiales le ahorran a la sociedad millones de pesos que salen del bolsillo y el tiempo de los voluntarios y sus organizaciones. Derraman además lo más importante que es el amor y el cariño a mano abierta y con su trabajo llenan con un plato de comida caliente una panza fría y flaca en invierno, o permiten que miles de niños puedan jugar al fútbol, leer un libro; que en un hospital un acompañante esté atendido, tenga cobijo o ropa; que una silla de ruedas llegue a quien la necesita o que niños con muchas carencias reciban una caricia y una buena cocoa con pan y dulce en lugares donde eso es una excepción deliciosa.

Mentes oficialistas encerradas que no conocen la realidad más que por wikipedia, sospechan que en la mano voluntaria se esconde una turbia relación de dependencia laboral que hay que regular y controlar. Puede ser que en alguna circunstancia haya existido, pero no se les ocurre nada mejor que en vez de encontrar la excepción, legislar por la patología como si fuera la norma. Por eso quieren obligar al voluntario a inscribirse en el Ministerio de Trabajo, firmar contrato, hacer una póliza de seguros, examen psicofísico, y otras tantas cosas más. ¿Se imaginan al padre que hace tortas fritas en la cancha registrándose en el ministerio y haciendo examen psicofísico, o al muchacho que todos los fines de semana entrega su tiempo en un barrio, firmando contratos y registros? Es una barbaridad que lo que logrará es el fin del voluntariado. A la mente enfermiza que se le ocurrió esto lo que tiene atrás es la sospecha de que hacer el bien a cambio de nada material no existe, que la iniciativa privada, individual o colectiva, es grisácea y está siempre al borde de lo ilegal y que solo el reverendo Estado es bueno. Están formateados para que nadie sea tan libre que pueda vivir sin que se meta el gobierno en su vida y tengan iniciativa propia para ayudar sin que lo obliguen, voluntariamente. A nadie se le había ocurrido, aún, estatizar la solidaridad. Llegó la hora de meterle la mano al corazón de miles de voluntarios. Es el miedo, el pavor, a la libertad.

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