Javier García
Javier García

Empezó el cambio

Que nadie cante sorpresa, nadie fue engañado: pedimos el voto para cambiar. Y la mayoría lo respaldó. En democracia se cuentan votos, no gritos.

Se dice que los gobiernos tienen 100 días de “luna de miel” al inicio. Lacalle Pou prefirió empezar el trabajo sin esperar a la ansiada luna, adelantó los plazos y cumplió. Con la presentación del anteproyecto de ley de urgente consideración denominado “Uruguay seguro, transparente y de oportunidades” hay agenda y rumbo. Para acordar o para discrepar, pero aquí no hay barco a la deriva, como hasta ahora, hay timón bien agarrado. Para el gobierno de coalición lo más importante, premisa de todo lo que viene después, es garantizar la libertad y la paz. No hay crecimiento económico, distribución, justicia, emprendimiento, sino se garantiza una sociedad libre y pacífica, que defienda al ser humano y lo ponga en el centro de la atención gubernativa. Se acabó el tiempo de los timoratos, de los que de tanto seminario y mesa redonda se olvidaron que los derechos humanos no están para ser debatidos en la academia sino para ser ejercidos por las personas y defendidos por la ley y el Estado. Nos quisieron acostumbrar a que el Estado hablara más del delincuente y se preocupara más de él, que de la víctima. No va más.

La cultura de un socialismo fundido ideológicamente, rémora de las peores inequidades y corrupciones universales, construyó aquí un discurso de miedo a la libertad, de desconfianza y sospecha a las personas. La libertad se presume corrupta, lavadora de dinero, estafadora, es una mala cosa.

Por ello ante esa cosa tan temible que es la capacidad de discernir, de elegir, de amar, de arriesgar y asumir las responsabilidades, se edificó en estos años una trama de leyes y normas hechas para que la libertad de cada uno pague peaje para que le levanten la barrera los burócratas y pueda ejercerse, “libremente”. Partimos de puntos bien diferentes: creemos en la libertad y en el ejercicio responsable de nuestros derechos, sabiendo sus límites, y conociendo que tenemos deberes que se desprenden de esos mismos derechos. Otros creen que esos derechos son una dádiva del Estado que, generoso con el sudor del trabajo ajeno, los otorga bondadosamente.

Son dos modelos. La gente eligió y nos dio un mandato con plazo fijo: cinco años.

La iniciativa es, además, expresión de una democracia transparente y de un horizontalismo que puede sorprender. El anteproyecto se liberó a la discusión pública para que se critique y para que se enriquezca con participación. En campaña los dirigentes del FA nos acusaban de que el proyecto de urgencia era un “programa oculto”, un caballo de Troya democrático. ¿Oculto?

Todo lo que contiene fue dicho y respaldado. No hay recuerdo de un proyecto tan profundo puesto a consideración y ventilado púbicamente un mes y medio antes de asumir para ser disecado. Así lo decidió Lacalle Pou en una muestra de coherencia con lo comprometido. Bien explícito. Eso ya es un cambio radical.

No hay Plenario ni Mesa Política que encerrado en un cuarto decidan la suerte de nadie, aquí es con conocimiento de la opinión pública que vota, que ve y escruta.

Empezó un tiempo nuevo, donde acertaremos y erraremos. Pero aún en la mayor lejanía política, nadie puede ignorar la coherencia y transparencia. Este es un proyecto humanista y popular. Que las corporaciones ya se opongan, lo confirma.

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