Javier García
Javier García

La democracia y sus FF.AA.

El tema militar aún es un tema pendiente para parte importante del sistema político. Las Fuerzas Armadas, como institución y como cuerpo estatal, es cuestionado hasta en su existencia por sectores vinculados a la izquierda, pero no solo ahí. Esta semana nos retrotrajo 50 años.

Hay que sincerarse: desde el FA los sectores más fuertes quieren por razones ideológicas disminuirlas a su mínima expresión, cuando no eliminarlas. Esa pregunta simplona de qué necesidad tiene un país como el nuestro de FF.AA, revela en su retórica las ganas de eliminarla. No lo dicen expresamente por el costo político que tiene, no porque no lo quieran. Para empardarlo, Topolansky dijo hace un tiempo, que quería a la mitad de los soldados y un tercio de los oficiales frentistas. Encontraron en estos años dos caminos convergentes para lograr el objetivo a bajo ruido: potenciaron la policía militarizada y la hicieron actuar en espejo en misiones que eran típicamente militares y además llevaron adelante un abandono tecnológico y de equipamiento en sus fuerzas, notorio y grave en la aviación y la marina. A este combo se sumó la postergación salarial a sus efectivos, en límites de pobreza inaudito. Como además es un tema que une políticamente en la interna del F.A, cada vez que es necesario, y esta semana fue un ejemplo, se agita el cuco de la violación de los derechos humanos y el pasado, con un antimilitarismo infantil. Digámoslo bien claro: muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras y se plantan como héroes de la lucha contra la dictadura, en aquellos años se escondían debajo de la cama y no se les veía ni un pelo en la lucha por la libertad. Otros trabajaban y progresaban cómodamente, como el actual presidente de la República. Así que no nos van a correr con el poncho los que no dieron ni un minuto por la libertad, cuando no éramos tantos en las calles peleando por la democracia y los derechos humanos.

Con esa autoridad es que debemos asumir que llegó la hora de terminar con ese pasado que nos aprieta y nos atrasa. Son ya dos generaciones que nacieron después de aquello y no tenemos derecho a agitarles nuestras diferencias y a estancarlos en las peleas de veteranos que se aprovechan.

Las Fuerzas Armadas son instituciones democráticas y leales. Que cumplen un papel fundamental, no solo en las tareas colaterales que son las más reconocidas, las que defienden a los más pobres en las emergencias o cuidando cárceles o hasta limpiando ciudades y calles. Lo son porque no hay país libre y soberano que no tenga fuerza para enfrentar el robo de sus riquezas naturales en el mar y su soberanía territorial o alimentaria, que garantice un tránsito libre en sus cielos, mares y fronteras, con seguridad y dentro de la ley. Que evite el tránsito del narcotráfico y el crimen en sus límites fronterizos, que persuada, que enfrente la eventualidad del terrorismo y santuarios de locos fanáticos. Que sea el recurso de la democracia y la Constitución para estar al mando del presidente y de la República en cualquier circunstancia que se le requiera.

Son uruguayos que nos dejan muy bien parados en el mundo, dónde se los reconoce más que aquí.

Esta semana hubo mucho ruido, pero lo de fondo es una deuda institucional pendiente: asumir sin rencores el papel de las FF. AA en una democracia moderna. Mientras no pase, la manija y los prejuicios seguirán ganando la partida.

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