Javier García
Javier García

Consuelo Behrens

Ellauri 170 fue la sede de una generación de Blancos y wilsonistas. Formalmente era la casa de los Antía Behrens. Su cerradura debería estar 0 km, porque la puerta nunca se cerró para nadie. De la mano de Consuelo y Quique la sentíamos nuestra segunda casa. Fue una escuela de democracia en tiempos en que había que jugársela y fue hogar de valores para toda la vida. Allí escuchábamos las casetes que mandaba Wilson, allí abrazamos la libertad con toda nuestra fuerza, allí aprendimos que ser Blancos, antes que nada, implica una responsabilidad que se lleva con orgullo.

Ellauri 170 fue la sede de una generación de Blancos y wilsonistas. Formalmente era la casa de los Antía Behrens. Su cerradura debería estar 0 km, porque la puerta nunca se cerró para nadie. De la mano de Consuelo y Quique la sentíamos nuestra segunda casa. Fue una escuela de democracia en tiempos en que había que jugársela y fue hogar de valores para toda la vida. Allí escuchábamos las casetes que mandaba Wilson, allí abrazamos la libertad con toda nuestra fuerza, allí aprendimos que ser Blancos, antes que nada, implica una responsabilidad que se lleva con orgullo.

A Consuelo y a Quique se los reconocía por su permanente y brillante sonrisa. Estaba bueno eso de ir a una casa dónde nos recibían como amigos bienvenidos, a pesar de las circunstancias que ni para ellos ni para el resto del Uruguay eran fáciles. A todos nos trataban como a sus hijos, es decir que sus 8 hijos siempre fueron muchos más que los nacidos de su matrimonio. Son innumerables las anécdotas y las cosas que quedaron grabadas en la memoria. Fueron cantidad de lindas jornadas, mucha reunión, mucha charla y juntarse para fogonear las ideas. Apenas entrabas, te golpeabas contra un recorte amarillento del Diario de la Noche pegado en una ventana con declaraciones de un dictador, que ni vale la pena nombrar, que afirmaba que sólo los “marcianos” podían pensar en la devaluación de la moneda. Quique y Consuelo lo pegaron a los pocos días cuando los “marcianos” parece que tenían buena información y quebró la tablita. Ese papel era testigo mudo de una dictadura que empezaba a desmoronarse. Luego ACF, la rabia por Wilson preso, la mayor rabia por el Club Naval, la elección que ganaron otros en 1984, pero al final del camino, la libertad, esa que abrazamos tanto en ese hogar.

Cuando la despedimos pasó algo muy particular: el dolor se reflejaba en una sonrisa que iba de boca en boca recordando momentos. Claro que los Antía, hijos, nietos y los chiquitos, estaban rotos por dentro, pero para recordar a Consuelo hay que hacerlo con una sonrisa. Si no mejor no hacerlo, porque no tendría valor.

Miles lamentamos su ida. Los que la conocimos y quisimos tanto, pero también quienes fueron fruto de su amor, aún sin conocerla. Desparramó solidaridad por todos lados: haciéndose cargo de ayudar a mujeres humildes y jóvenes, esposas e hijos de policías fallecidos en sus funciones hace muchos años atrás. La solidaridad no era una actividad, fue su vocación. Y después vino la infamia de la dictadura y se las arregló para que no faltara solidaridad donde se necesitaba. Porque eso los dictadores no lo pudieron evitar, podían impedir que tuviera un cargo en el Ministerio del Interior, pero no que fuera buena, eso es cosa del alma. Recuperada la democracia, Wilson le pidió que integrara el directorio de aquel Consejo del Niño, y siguió entregando humanidad. Y también en la Escuela Roosevelt. Fue un regalo conocer a Consuelo. Uruguay es una hermosa Patria no por sus riquezas materiales sino por héroes silenciosos que la hacen una “comunidad espiritual”, al decir de Wilson. Consuelo escribió esta historia de su puño y letra, y lo hizo bajito, sin ruido, para que nadie se diera cuenta. Y por eso tiene muchísimo más valor. Lo hizo para otros, no para ella. Dio cátedra con su ejemplo de esa mezcla notable que es la entrega hacia los demás y la humildad. Consuelo fue el espejo del mejor Uruguay.


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