Javier García
Javier García

Coalición y cambio

Rumbo a la coalición" titulé hace unas semanas esta misma columna. En estas horas una reunión de Lacalle Pou, Larrañaga y el expresidente Sanguinetti reavivó el concepto.

Sin embargo se escucharon voces, aun dentro de nuestro propio partido, contrarias a ese encuentro. Parece contradictorio estar de acuerdo con la necesidad de sumar voluntades de otros partidos para tener lo que nadie tendrá, es decir mayorías legislativas en el próximo período, pero al mismo tiempo no estar de acuerdo con dialogar con un dirigente que sin duda representa a buena parte del Partido Colorado. No cuento los agravios que aparecieron desde el FA luego de la misma. Son lógicos porque expresan la preocupación por el éxito de ese camino.

Sanguinetti está lejos de ser una de las figuras más queridas para los nacionalistas. Motivos de la historia reciente, más de uno, lo abonan. Está claro. Sin embargo mayores distancias, nos separan de otros dirigentes políticos. Ahí ya no es que se erice la piel, sino la conciencia. Las diferencias hablan de cosas profundas como la libertad, el sentido democrático y el respeto total a los derechos de todos, piensen lo que piensen, mientras lo hagan en paz.

Ni blancos ni colorados, tampoco independientes y los del Partido de la Gente, tenemos deudas con las peores dictaduras del continente, no somos cómplices de los Maduro y del violador y asesino nicaragüense Ortega. Entre nuestros partidos construimos buena parte del Uruguay social: las jubilaciones y pensiones, la legislación laboral, el amparo de los necesitados, su salud, las escuelas y los liceos, las ocho horas, la Universidad de la República, y entre otras cosas la Justicia independiente, es decir la República.

Tan particular fue esa construcción nacional que primero fue en el campo de batalla y después lo hicimos desde el enfrentamiento político e ideológico edificando institucionalidad. Los nacionalistas tenemos nuestras ideas, el colorado otras bien diferentes, pero no necesitamos en nuestras historias una ley de medios que viole y limite la libertad de expresión del otro. Las discutimos fuerte, pero garantizando que cada cual dijera su verdad.

Los contrarios a ese diálogo lo están por cosas del pasado, que nos dolieron (y nos duelen aún). ¿Cómo olvidar algunos hechos? Pero si nos quedamos en esos rencores lo único que vamos a hacer es dar paso a que sigan gobernando aquellos con quienes no solo tenemos para reclamarles actitudes tan o más negativas, sino con los que discrepamos en cosas de fondo, porque no creen en la República.

Si no es diálogo con todos los que tenemos que integrar un gobierno de coalición que reúna 50 diputados y 16 senadores para dar estabilidad a la gestión, ¿qué es? Cuando se nos pregunte con quién vamos a gobernar si no obtenemos mayorías propias, que no las vamos a tener, qué vamos a decir, si de entrada rechazamos a quienes naturalmente pueden ser aliados, aún con nuestras diferencias.

Por eso la reunión fue un buen paso, que no excluye a nadie y muestra una voluntad de acuerdo que no termina allí. En 2014 las señales fueron exactamente las contrarias, y ganó el FA.

El dilema es continuidad o cambio, con una coalición inclusiva, fuerte en lo social y en la ley. Lo peor, lo más ominoso y retardatario es permitir que los enojos sean más importantes que la República. Y eso sería una enorme irresponsabilidad.

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