Javier García
Javier García

Amante del resentimiento

La ministra Muñoz decidió terminar su carrera política haciendo gala de su resentimiento histórico, destilando, en este caso, odios y envidia.

Su representación política es nula, no fue electa por la voluntad popular nunca, y cuando lo intentó su apoyo fue insignificante, pero su obsecuencia política le alfombró la llegada a los despachos. Como no tiene llegada a la gente, no conoce más que los escritorios y las fiestas. El encanto popular, sus calles y barrios, la gente, sus sacrificios y esperanzas le son ajenas. Recorre oficinas, pero no pueblos ni barrios humildes. El atractivo imán del pueblo no la registra.

Ese resentimiento que viste su personalidad la llevó a agraviar a miles de personas, sobre todo jóvenes, docentes y familias que decidieron estudiar o enseñar en la Universidad Católica. El agravio pretendió ser contra Lacalle Pou, pero se le vio la grifa y por eso embistió contra lo que realmente le molesta, que es la diversidad y la cultura, en definitiva, la libertad. Como aquella frase atribuida a un despreciable nazi “cuando escucho la palabra cultura, agarro mi revólver”. Le molesta, es superior a ella, no lo soporta. Es realmente una fantasía que sea ministra de todo aquello que carece, pero las peripecias de la vida política y personal llevaron a eso. Suponemos que tendrá la misma opinión sobre sus compañeros de gabinete y partido cuyos hijos y nietos estudian en colegios o universidades privadas, o se atienden en seguros de salud costosos.

Es otra muestra de la grieta que calaron en el FA. Ella expresa una forma de pensar de alguna gente que recalienta sus mentes con un razonamiento que desprecia la iniciativa popular autónoma y libre. Desearían que la vida de las personas fuera toda uniforme, y todos pidiéramos permiso al Estado hasta para caminar por las plazas.

Es la misma Muñoz que tiempo atrás se negaba a que la tecnología médica ingresara al país si no lo autorizaba ella y antes que a nadie, al Estado. Cuando desde el sector privado querían ingresar el famoso PET, negaba a que esa tecnología ingresara al país y solo se autorizó para sus amigos ideológicos. Hace pocos días nos enteramos cómo ese amigo manejaba las cosas allí.

La ofensa a la Universidad Católica del Uruguay es muy grave y ello solo ameritaría que se fuera o la fueran. No por un tema político, sino porque revela un prejuicio institucional, y un desprecio que la inhabilita para tomar decisiones ecuánimes desde su papel de Ministra de Educación respecto a esa institución en el futuro, y a las demás universidades privadas. Ha puesto en duda la legitimidad de los estudios que allí se imparten, pese a que ella y su ministerio los habilitaron y aprobaron.

Expuso al Estado a ser demandado por los daños que miles de profesionales y estudiantes sufrieron cuando la institución rectora de la educación deja entrever que lo que se obtiene allí es porque se “paga”. Es despreciable lo que hizo.

La honradez y la profesionalidad no pueden ser manchadas gratuitamente. En su caso, no es que lo que ella diga por su persona importe, sí por su cargo. Horas después, obligada por el rechazo unánime que recibió en declaraciones y redes, dio marcha atrás. Es tarde.

La falta de respeto que lució siempre no va a cambiar a esta altura de su larga vida, pero incitar al odio y discriminar es de lo peor. Como el despreciable nazi.

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