Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Volver a la adolescencia

Hace pocos días el gobierno alemán lanzó un anuncio en el que pone como héroes a los jóvenes que en la pandemia se quedaron en casa. 

En una forma original, plantea el mismo discurso de responsabilidad por la positiva, dirigido a los jóvenes que les está costando mantener las medidas de confinamiento en una etapa tan importante de sus vidas.

La adolescencia es una etapa de la vida en la que, entre otras cosas, hay un cambio en la forma en que las personas nos relacionamos con el mundo. Con los niños es mucho más fácil, son una extensión de las actividades de los padres (y viceversa) que les dicen qué es lo que tienen que hacer: si hacen caso, premio. Si no hacen caso, penitencia. Pero los jóvenes son otra cosa.

La adolescencia es todo un desafío por el manejo de esa cosa indefinida del manejo de espacios de libertad, sin soltar demasiado la piola para que desarrolle su responsabilidad, capacidad de discernimiento. En esa búsqueda, a veces los adolescentes tienen ideas concretas y extremistas. Las cosas están bien o mal, fantásticas o terribles, sin muchos matices. También suelen ser bastante egocentristas, y ni que hablar, prueban los límites en búsqueda de su independencia.

Pero hay un motivo a todo esto, más allá de la inexperiencia. Y es que los lóbulos frontales son la última área del cerebro en madurar, que son los que desempeñan un papel importante en la coordinación de las tomas de decisiones complejas, el control de los impulsos y la capacidad de tener en cuenta varias opciones y consecuencias. Su desarrollo completo se da a los veintitantos. Por eso, los jóvenes tienen más capacidad de pensar en forma abstracta y tienen en cuenta el “panorama general”, pero aún carecen de la capacidad de aplicarlo en el momento.

Si bien es posible que sigan la lógica de evitar riesgos fuera de estas situaciones, las emociones fuertes a menudo siguen rigiendo sus decisiones cuando entran en juego los impulsos, ya que no tienen pleno control de estos y no están completamente desarrollados para sopesar los riesgos/recompensas con precisión.

La pandemia, más aún en una política de “libertad responsable”, de alguna manera nos pone a todos los uruguayos una enorme exigencia del buen uso de nuestros lóbulos frontales.

Es como volver a la adolescencia, donde estamos aprendiendo a relacionarnos con el mundo de nuevo, a manejar la libertad y gestionar los actos reflejos que tenemos incorporados. Más aún, si lo sumamos a una sociedad con “exceso de positividad” en palabras de Byung Chul Han: nuestros padres estaban oprimidos por mandatos externos del “deber ser”, y hoy estamos en una “sociedad del cansancio”, según Chul Han, por el exceso de positividad. Es decir, estamos acostumbrados a la libertad de poder hacer lo que queremos porque podemos hacer todo, en la que tenemos todo al alcance de la mano y “el cielo es el límite”.

Nos acostumbramos, quizás, a esa soberbia de que somos inmortales y todopoderosos, y la vida nos está bajando de un moquete, como suele hacer un padre cuando un hijo adolescente se pasa demasiado de rosca.

El aviso del gobierno alemán no es solo para los jóvenes. Ojalá todos lo escuchemos.

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