Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Sabremos cumplir

Durante los días de elecciones, en nuestro país se vive en las calles una emoción difícil de describir. Banderas de todos los colores, bocinas y gritos de “Arriba Uruguay”.

Este año, particularmente llamó la atención que las semanas previas al balotaje muchos autos, balcones y militantes tenían simplemente la bandera de Uruguay, sin acompañarla por la de ningún partido político. Parecía un ambiente muy similar a cuando juega la selección uruguaya de fútbol.

El pasado domingo, durante la transmisión de Telemundo, Nelson Fernández decía que íbamos 12.686 días de democracia, récord en la historia de nuestro país. Es innegable que esta actividad cívica se vivió como una verdadera fiesta, celebrando con el sabor de saber lo que es no tenerla, incluso cuando muchos votantes y militantes nacieron después de 1985. Probablemente estas elecciones serán recordadas por lo ajustado del resultado y una definición para el infarto. Pero una de las imágenes por las que ojalá pase a la historia es la de los militantes de todos los partidos políticos cantando el himno nacional en la Rambla de Montevideo. Las banderas de todos colores flameando con el sol de fondo, en el cielo celeste y blanco de la Playa Ramírez al grito de “Sabremos Cumplir”.

Cuando el ahora presidente electo llegó a su sede, antes de saber los resultados, la prensa le preguntó si subiría solo al escenario, a lo que respondió que, en caso de ganar, subiría con los representantes de los partidos de la coalición multicolor. “Esto no es Luis Lacalle Pou, a mí me tocó estar en la punta, pero esto es mucho más grande”, entendiendo que no representaba solo a su partido ni a su sector. Pero se complicó un partido que parecía fácil, con un resultado demasiado ajustado para no tenerlo en cuenta a la hora de gobernar. Hasta ahora el que fuera candidato por el Partido Nacional pudo tirar los puentes y zurcir las diferencias con los partidos integrantes de la oposición para llegar a una coalición multicolor. Pero ahora tendrá el enorme desafío de gobernar para un país dividido en dos, con una mitad que demoró en reconocerlo y con el objetivo de generar el efecto Playa Ramírez durante los próximos 5 años.

Mientras tanto, el resto de los ciudadanos estamos en nuestras casas en esta especie de prolongación de la campaña electoral en la que entramos porque Daniel Martínez todavía no quiere dar el brazo a torcer, donde una mitad cree que ya tiene presidente electo y la otra aún no lo reconoce. Un escenario que puede llegar a durar varios días y que juega en el límite y pone a prueba nuestro espíritu republicano. Y donde deberemos dar, una vez más, un ejemplo de democracia, respeto por las instituciones y las urnas como hasta ahora. Una prueba que parece innecesaria a esta altura y lo único que hace es arrancar un nuevo gobierno con rispideces y en pie de confrontación. Porque a pesar de todos los roces de la campaña, se pudo vivir esa tarde en la Playa Ramírez y se pudo dar una lección a la región que tiene grietas por todos lados.

La principal trampa sería creer que somos inmunes a cualquier contagio y no ver que somos una de las democracias más puras del mundo porque la construimos en las pequeñas decisiones y acciones, no solamente porque esté escrito en la historia. Sepamos cumplir.

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