Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

La posverdad y la “posopinión”

Hace unos meses, Arturo Pérez-Reverte, periodista y escritor, anunció que dejaría de comentar en las redes sociales sobre política y sociedad. Esta noticia sorprendió a sus seguidores por la pérdida de sus comentarios incisivos y políticamente incorrectos. 

Su motivación fue “por simple higiene personal”.

Por estos lados, Iliana Da Silva, periodista con 25 años de trayectoria, dejó su rol en los móviles en vivo en el informativo central. El linchamiento en las redes sociales y mensajes que recibieron ella y su familia a raíz de su trabajo, la llevaron a replantearse su lugar como periodista. A pesar haber aclarado multiplicidad de veces los hechos que pudieron llevar a interpretaciones erróneas, a pesar de haber recibido el apoyo de su lugar de trabajo, a pesar de la cantidad de gente anónima que salió a respaldarla, no alcanzó para contrarrestar la ola de opiniones en las redes con tono de verdad.

El término posverdad es cuando una situación que aparenta ser verdad es más importante que la propia verdad. Es cuando se siguen repitiendo los puntos de discusión, incluso si se demostró que son falsos. Fue así como Hitler logró sus primeros éxitos en la política y se sostuvo en el tiempo.

Una posible explicación es que con ánimos de llegar a un público cada vez más amplio, los políticos, comunicadores y aspirantes a referentes de opinión recurren a mensajes cada vez más simples y, por ende, más drásticos y polarizados que terminan distorsionando la realidad. Multiplicado por las cámaras de eco que representan las redes sociales y la digitalización de la información con bajos controles de veracidad, terminan generando, como decía Goebbels, que “una mentira repetida mil veces, se convierta en una verdad”.

Recientemente, Woody Allen publicó sus memorias donde habla por primera vez de su versión de los hechos en la guerra reputacional que le hizo su exesposa Mía Farrow durante años. A pesar de nunca haber sido condenado por la justicia, de nunca haber probado ninguna de las acusaciones, socialmente fue condenado. En una entrevista de hace unos días, cuando fue consultado por qué calló sabiendo que su silencio aumentaba las dudas sobre su versión, dijo “yo sabía que la verdad estaba de mi lado, pero ahora me doy cuenta de que eso no es garantía de nada”. “Una vez que manchan tu nombre, una vez que alguien te acusa de algo una y otra vez, deja de importar que seas inocente o culpable”.

En la vida cada uno tiene derecho a opinar lo que quiera, porque la opinión como tal, es subjetiva y está asociada a sentimientos, sensaciones y gustos personales. Pero el riesgo es cuando se confunde opinión con verdad, con objetividad, convirtiéndose en una “posopinión”. Las redes sociales, con su limitación de caracteres y la democratización de la palabra, se han vuelto un lugar de opinión precoz y poco fundada. Potenciado aún más porque todo está cubierto de un manto de entretenimiento, de espectáculo y no de información. El contenido deja de tener relevancia para darle protagonismo a la forma de decirlo, la vara del éxito no es la certeza sino la cantidad de “me gusta” y reproducciones, volviéndose un caldo de cultivo para la “posopinión”, la posverdad, o, peor aún, para la autoverdad.

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