Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Los políticos votan al final

Pasada la primera ronda de las elecciones, el escenario político quedó hecho un campo de batalla.

Cada vez más polarizado pero a su vez sorprendente, donde los progresistas se volvieron los conservadores que apelan a aferrarse a las certezas, y los partidos tradicionales son los embanderados del cambio. Una carrera hacia el 24 de noviembre que se basa en las diferencias entre uno y otro, donde parece difícil encontrar algún tipo de factor común.

Sin embargo, mirando pequeños detalles, actitudes o sutiles dichos, podemos leer en todos los candidatos de la primera ronda, características comunes. Propias de una cultura muy nuestra, que nos diferencia de otros países, incluso de nuestros hermanos argentinos, nuestros padres españoles o italianos. Reflejos de nuestra propia identidad, de esos valores compartidos y que hacen a nuestra idiosincrasia. Un sentimiento que está vivo, que se construye con el tiempo, con la sumatoria de pequeños actos y decisiones de cada uno de nosotros. Pero, sobre todo, del ejemplo de los más visibles y de los líderes formales e informales. Es la construcción de un relato del ser uruguayo que marca lo que valoramos, o no, y que en nuestro país está muy marcada por la igualdad de derechos y oportunidades para todos los ciudadanos. Es esa forma de hacer las cosas acá en Uruguay muy nuestra.

Las semanas pasadas, si bien estuvieron plagadas de búsqueda de diferencias entre los candidatos, también hubo pequeñas señales de cosas en común: todos, absolutamente todos los candidatos a presidente de nuestro país hicieron la cola para votar, como cualquier ciudadano, que en algunos casos llegaron a más de una hora. A pesar de haberles ofrecido pasar adelante para evitar la molestia de los votantes, de los responsables de las mesas electorales y de los periodistas, ninguno de los candidatos pasó por alto ese hecho: son un ciudadano más.

Incluso, luego de pasadas las elecciones y sabiendo quiénes eran los elegidos para la segunda vuelta, en una entrevista ambos candidatos fueron consultados cómo pensaban pasar sus vacaciones en caso de llegar a presidente. Ambos candidatos, con posiciones políticas opuestas, respondieron que serían exactamente en el mismo lugar y de la misma forma que hasta ahora, aunque asumiendo que van a ser mucho más cortas: en los balnearios de siempre, con la rutina de siempre. Un ciudadano más, como siempre. Posiblemente estas mismas actitudes y respuestas en otro país no serían tan entendidas o incluso, valoradas. Pero en el nuestro, fueron muy uruguayas. Son el reflejo del sentimiento implícito de que, en su eventual rol presidencial, estarán al servicio de la ciudadanía y no en una posición de privilegios. Y en esto, todos los candidatos tuvieron un punto en común.

“Los seres humanos hemos progresado durante 50 mil años no porque sintamos el impulso de servirnos a nosotros mismos, sino porque nos sentimos inspirados a servir a otros. Todo lo que necesitamos es que los líderes nos ofrezcan un buen motivo para comprometernos”, dice Simon Sinek en su libro “Los líderes comen al final”. Cada ciudadano refrendará en unas semanas, cuál es el proyecto que más lo compromete para el futuro. Pero todos los candidatos tuvieron ese punto en común, de ser muy uruguayos.

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