Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

La pobreza tiene cara de niño

Nelson Mandela decía que “no puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en que trata a sus niños”. Según el INE, en 2020 la tasa de pobreza en Uruguay era del 11,6%.

Pero cuando lo abrimos por franja de edad, su punto más alto está en los menores de 6 años con un 21,3%, seguido por la etapa de 6 a 12 años con el 20,6%, y así sigue de forma decreciente, llegando al 2,3% para los mayores de 65 años.

La primera infancia, en especial de 0 a 3 años, es la etapa donde ocurre la mayor parte del neurodesarrollo del individuo: el circuito sensorial, el lenguaje y las funciones cognitivas superiores se dan en esta etapa. Por eso es que la falta de estímulos y cuidados pueden llegar a condicionar a la persona por el resto de la vida.

Como ciencia social, la economía ha estudiado por muchos años la primera infancia y ha demostrado que la inversión en esta etapa de la vida es una estrategia eficaz para el crecimiento económico. La tasa de retorno de la inversión educativa tiene su pico en los primeros años de vida y va descendiendo a medida que avanza la edad y el corte con el costo de oportunidad de invertirlo en otras iniciativas se da en la etapa escolar. Es decir, desde el punto de vista de retorno sobre la inversión, invertir en los primeros años de vida no solo genera la mayor eficiencia del gasto respecto a cualquier otra etapa de la vida de la persona, sino frente a cualquier otra inversión social.

James J. Hechman, Premio Nobel de economía por estudios en esa área, decía que “como sociedad, no podemos permitirnos postergar la inversioìn en los niños hasta que sean adultos, ni podemos esperar hasta que lleguen a la edad escolar -etapa en que puede ser demasiado tarde para intervenir”. Y, en nuestro país, lo estamos haciendo muy mal. La proporción real en el gasto público no solo es menor que en otras franjas de edad, sino que estamos por debajo de los países de la OCDE con nuestros mismos niveles de desarrollo.

Si bien Uruguay tiene un enorme marco normativo relacionado con la niñez y la adolescencia que afirma que todos los niños y niñas deben acceder a las mismas oportunidades, independientemente de cual sea el contexto socioeconómico en el que estén insertos, y que tienen derecho a medidas de protección frente a los riesgos generados por desigualdades sociales, no lo estamos logrando en los hechos.

Hay buenas intenciones que hacen que mejore en épocas de bonanza, pero empeora apenas la situación económica se contrae. Lo que da como resultado que la relación de la pobreza en la primera infancia respecto a etapas posteriores haya empeorado a lo largo de las últimas décadas. La infantilización de la pobreza ya se ha vuelto un fenómeno estructural.

Si queremos mejorar los niveles de educación, de seguridad y de productividad, el sistema político tendrá que asumir la necesidad de encontrar consensos que vayan más allá de un período político o un ciclo económico.

Bienvenido el aumento del gasto en la rendición de cuentas destinado a esta etapa de la vida, y ojalá sea el puntapié inicial que Uruguay necesita para encontrar una solución de largo plazo. Un compromiso de todos los partidos políticos en cambiar esta realidad. Un compromiso como país.

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