Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Cada país tiene los gobernantes...

Como todos los años electorales, se están generando teorías conspirativas sobre el origen de algunos candidatos.

Si hay intereses rusos detrás, si los financia EE.UU., si la iglesia pentecostal es la que manda, si sus verdaderos intereses son empresariales… Pero lo particular de esta elección es que, además, se están rompiendo códigos que se manejaban en la política hasta ahora: algunos no respetaron la veda de publicidad electoral; varios periodistas denunciaron que desde los departamentos comerciales de los medios de comunicación se solicitan notas pasando por arriba de los periodistas; algunas propuestas electorales parecen más unipersonales por la concentración de poder o forma de financiarse que agrupaciones políticas.

Incluso, la propuesta electoral de ciertos candidatos se basa en el cuestionamiento del “establishment”, pero desde la interna de los propios partidos tradicionales. La estrategia parecería ser desgastar la credibilidad de los políticos y sus estructuras de poder, usando su organización partidaria en lugar de lanzar un partido nuevo.

No somos los primeros, toda la campaña en Estados Unidos estuvo impregnada del mismo clima. Y eso es lo que aviva aún más las teorías conspirativas. Pero tanto en el país del norte como en Uruguay, el retrogusto para el sistema político está siendo amargo.

No es casual. Elección tras elección el voto en blanco está creciendo y el descreimiento en los políticos está en ascenso. El sistema político tradicional no está conformando a la ciudadanía y una parte de ella está sedienta de nuevas propuestas, lo que deja el sistema aún más vulnerable a otra opción, aunque no sepamos de qué se trata. Algunos políticos les piden a los propios partidos que sean el filtro necesario para velar por la integridad de las candidaturas. Otros creen que deben ser los electores los responsables de exigir a los candidatos respuestas fundadas y propuestas claras a la hora de votar. ¿De quién es la responsabilidad?

Vayamos por el extremo. ¿Qué pasaría si realmente un conspirador, con otros intereses (los que sean) por encima del país, quisiera llegar a ser presidente? ¿Qué lo impediría? La realidad es que muy poca cosa. Porque esa falta de filtro es parte de un sistema maravilloso que permite que cualquier ciudadano, independientemente de su origen, clase social o nivel económico, pueda llegar a ser Presidente. Winston Churchill decía “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. Pero él mismo también reconocía que “la democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos”. La democracia es un sistema justo, pero imperfecto.

La única manera de mitigar algunas de sus grietas es defender a los mecanismos de búsqueda de la verdad de nuestra sociedad, a través de la justicia independiente y el periodismo serio y de investigación. Y que todos y cada uno de los que en unos meses pondremos nuestro voto en las urnas, usemos adecuadamente esa información. Nos cuestionemos, exijamos y preguntemos. No le demos el gusto a Churchill y como votantes medios seamos conscientes de la responsabilidad que implica ese acto. Porque, al fin y al cabo, como dice el dicho, “cada país tiene los gobernantes que se merece”.

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