Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

La madre de todas las batallas

Pasaron las internas y volvimos al ring.

“Estamos en año electoral, es un año perdido”, dicen los economistas desesperanzados de medidas concretas. Es un quinto del período de gobierno que queda congelado a merced de la pelea electoral, que ha hecho metástasis en todo el cuerpo político. Lo damos como un hecho, “es así, es política”. Se apela a las ideologías para convencer, pero lo único que hacen es alimentar las diferencias. La culpa siempre es del otro: fueron los últimos 15 años de gobierno o la herencia de los partidos tradicionales. El esfuerzo no es tanto para ganar, sino para que el otro pierda. Porque ese es el objetivo: las elecciones.

Pasará noviembre y los ciudadanos esperaremos con ilusión que los partidos guarden sus municiones y en los siguientes 4 años, con suerte, acerquen la realidad a su discurso. Y dado que la política parece tener tan poco que ver con lo que le pasa a la gente, muchos se alejan de todo ese ruido interminable.

Pero tampoco seamos ingenuos. Desde la independencia, nuestro país se construyó a través de bandos. El mundo funciona así. Quizás sea inútil cualquier esfuerzo por cambiarlo. O quizás llegó el momento y el descreimiento del sistema político sea el principal síntoma de la trivialización de esta guerra donde los que estamos de este lado, lo que percibimos es que ganar es lo único que importa.

Hace pocos días, la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, fue consultada por la campaña sucia en Argentina. En su respuesta, se bajó del ring: “Definamos qué es una descalificación. Ser Marxista no es una descalificación. Decirle a alguien que es de La Cámpora tampoco. Es una corriente política. En todo caso la gente define si La Cámpora es el modelo de hacer política que quiere para que gobierne. (..) Hablemos de propuestas concretas”.

Hay todo un país esperando una política que sea lo suficientemente madura como para no subestimarlos. Donde el primer paso sea el respeto, para luego, ojalá, admitir que el otro a veces pueda tener razón.

Cualquier prejuicio coloca la realidad en simples casilleros que no hacen más que subestimarla, llevando a lugares peligrosos a la mente humana, como la negación. No reconociendo, por ejemplo, que se puede ser de izquierda y ser un dictador.

Hay un país entero que no entiende de déficit fiscal ni del tratado con la UE, pero que sí reconoce la diferencia entre dogma y sentido común. Esa gente está ahí afuera dispuesta a darle su voto a alguien si lo convencen de que lo que quieren es sacar el país adelante, más allá de ganar las elecciones.

Mercedes Clara, quien fuera la primera opción a candidata a vicepresidente de Daniel Martinez, dijo este fin de semana: “Ser fanático lo veo como un signo de pobreza. Hay que saber integrar diferentes perspectivas. Solo con fragmentos no se logra interpretar la realidad ni actuar sobre ella” (..) “El próximo gobierno va a necesitar acuerdos. Vamos a tener que aprender algo nuevo: a trabajar juntos. Hoy no lo sabemos. Hoy el vínculo es el de los prejuicios, el de los buenos y malos, el de la culpa es del otro. (..) y el imperativo que nos mueva- ético y político- sea poder restaurar este lazo social tan dañado. En eso se nos va la vida a todos”. Y esa, es la verdadera madre de todas las batallas.

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