Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Eso llamado libertad

Mucho se ha dicho estos últimos días sobre lo que significa la libertad, qué implica la libertad responsable y qué es eso de “Libertad o Muerte” que nos enseñan en la escuela.

Para decirlo en sencillo, la libertad es lo que nos diferencia de los animales y del resto de la naturaleza. De todo lo que se mueve de modo necesario o irremediable. A diferencia de otros seres vivos o inanimados, los humanos podemos elegir en parte nuestra forma de vida, entre lo que nos parece bueno o malo. Aunque en la vida la mayoría de las veces no hay una solución perfecta, uno simplemente elige el problema con el que prefiere convivir.

Es decir, no somos libres de elegir lo que nos pasa, pero sí de cómo elegimos responder a eso. Lo que también implica que podemos equivocarnos. Por eso la libertad requiere necesariamente adquirir cierto “saber vivir”, ser inteligentes en cosas mucho más allá de lo académico. Es desarrollar un músculo que se hace con la práctica de aprender a discernir y elegir. Las personas vamos desarrollando esta sabiduría y las sociedades también.

Libertad es poder decir “si” o “no”, lo hago no lo hago, independientemente de lo que digan otros, actuar de acuerdo con lo que yo creo. Pero también es darse cuenta de qué es lo que estoy decidiendo y por qué, qué hay detrás de cada decisión. Es lo opuesto a dejarse llevar, a no cuestionarse.

Nadie puede ser libre en mi lugar, nadie puede dispensarme de elegir y de buscar por mí mismo. Llegado el caso puedo elegir que otro decida por mí, pero la historia nos ha demostrado una y otra vez a lo que pueden llevar los sistemas que limitan el cuestionamiento y discernimiento de las personas. Qué pasa cuando hay un ser “superior” que lo hace por uno y subestima la capacidad de los individuos a tomar las decisiones por sí mismos. Y la idiosincrasia uruguaya tiene muy claro esto, incluso en la historia reciente.

Increíblemente, el primer instinto de muchos en circunstancias límite es reclamar que le saquen de encima el peso de tener que ejercer su libertad y asumir la responsabilidad que eso implica. Y sí, porque eso da trabajo.

Uno no se pasa la vida dando vueltas a lo que nos conviene o no nos conviene hacer, la mayoría de nuestros actos los hacemos casi automáticamente, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Pero en las cosas relevantes, hay que ejercer la libertad a conciencia y eso lleva trabajo. Entre otras cosas porque a veces las personas queremos cosas contradictorias que entran en conflicto unas con otras, como diferenciar entre lo que me da la gana en este momento y lo que en el fondo sé que es bueno. Y eso cuesta.

El problema en la pandemia es que cosas que teníamos asumidas como costumbres o automáticas se volvieron relevantes para la salud, incluso decisiones de vida o muerte: juntarse con amigos, festejar con mucha gente, saludar con un beso.

Empezar a cuestionarse cosas que teníamos incorporadas como automáticas es el enorme ejercicio de conciencia que nos está pidiendo esta pandemia. Y ahí va nuestro mayor desafío de ciudadanía y de humanidad. La gran pregunta es, como sociedad, si queremos hacerlo nosotros por nosotros mismos. O queremos cederle nuestro derecho a ejercerlo a otros.

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