Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Con libertad, no ofendo ni temo

Quien haya gestionado algún tipo de agrupación social sabe que tomar decisiones es de las áreas más complejas de dirigir. Uno se puede preparar, puede evaluar escenarios, pero como dice el dicho “ningún marinero se hizo experto en un mar en calma”.

A fines del 70, Henry Mintzberg desarrolló la teoría de la gestión como una combinación de ciencia, arte y oficio; donde ciencia es el conocimiento sistemático (el que aprendemos estudiando); el oficio es la práctica que se aprende a través de la experiencia (sé que es así, porque ya lo hice muchas veces); y el arte es la creación de una visión a partir de la intuición.

¿Qué pasa cuando el oficio y la ciencia no son suficientes porque la realidad supera todo antecedente o escenario previsible? Hace unos días en una entrevista radial, la Ministra de Economía fue consultada por las teorías de Friedman y Keynes tan mencionadas por estos días para salir de la crisis. Y ella contestó “estamos ante una crisis sin precedentes, hay que quemar algunos viejos libros para pensar las soluciones”. Cuando la ciencia y el oficio no alcanzan, la visión pasa a tener un rol predominante. Una visión que es subjetiva, discutible y cuestionable, pero que se vuelve indispensable.

Desde mucho antes de asumir el gobierno, Lacalle Pou tenía una visión clara. Se puede coincidir o discrepar con ella, pero se puede ver con claridad que su concepción del individuo y de la sociedad es lo que está guiando sus decisiones para enfrentar esta crisis, la cuarentena y el impacto social.

En el libro “Once rounds” de Alfredo García, se pueden leer once intercambios respetuosos, pero no por eso menos rigurosos, entre el entonces candidato a presidente y el periodista. Un exhaustivo examen sobre su forma de entender el mundo, donde Lacalle Pou expone su creencia en el empoderamiento del individuo desde la libertad, pero en armonía con el entorno. Y que trae como resultado la individualización de la responsabilidad. Defiende una “inundación de confianza”, por oposición al exceso de regulación que genera desconfianza entre las partes, porque eso “aleja al ciudadano común de los resortes democráticos y de poder”. La libertad como regla y la sanción como excepción, la que debe ser efectiva para que esa libertad no se vuelva libertinaje. Es decir, Lacalle Pou cree que el individuo es esencialmente bueno y lo suficientemente inteligente para querer el bien común porque eso traerá su bien individual, y lo que se debe generar es un entorno para que esa esencia no se atrofie. Una “libertad social”.

Lo que está haciendo el presidente en esta pandemia es una enorme apuesta a su visión, a su creencia que los uruguayos somos capaces de gestionar nuestra libertad en sociedad y que no precisamos medidas totalitarias. Uno puede estar de acuerdo o no, pero si hay algo que no se le puede reprochar es la falta de coherencia. La historia dirá si tuvo razón. Si él y todos nosotros, pasamos el examen de este experimento social al que nos enfrentó el coronavirus.

Pero lo más relevante es que, si ganamos o perdemos, abriremos la puerta para que otros líderes que vengan atrás escriban su propia visión con el antecedente que les hayamos dejado, el cual marcará no solo lo que dure esta pandemia, sino nuestra propia identidad y relato como sociedad.

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