Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Más juicio; menos opinión

"Toda nación tiene el gobierno que se merece”, decía Joseph de Maistre. El jurista y filósofo refería a que los vicios y las virtudes inherentes a los gobernantes de turno son reflejo de la sociedad a la cual pertenecen. Nos guste o no, nuestros gobiernos se parecen a nosotros.

Como en los casos de corrupción o abuso de poder que salen en la prensa y todos miramos escandalizados. Toman relevancia porque pertenecen a la esfera pública, pero es ingenuo no saber que hay iguales o peores muestras de corrupción en la esfera privada. Pero es demasiado unilateral y exento de responsabilidad creer que lo que pasa en los gobernantes tiene sólo causas y no consecuencias en la sociedad.

Porque la sumatoria de decisiones, mensajes y actitudes que cada día muestran los líderes de cualquier grupo humano, sostenidos en el tiempo, aplicados de forma coherente (o incoherente), construyen los valores, definen la idiosincrasia de quienes están bajo su liderazgo. Señalizan, influyen, marcan rumbo. Ya sea una sociedad, una empresa o una familia; ya sean gobernantes, dirigentes de empresas o padres de familia. Dicho de otra manera, se educa con el ejemplo y deja huella. Los gobernantes son reflejo de la sociedad, pero también la moldean. Los líderes políticos que la ciudadanía elige no son inocuos. No son simples gestores de la administración pública. Construyen sociedad. Cada mensaje, la forma como resuelven los conflictos, cómo toman las decisiones, incluso la forma como se visten influye en esta construcción colectiva que es el pueblo uruguayo.

Hoy, los intercambios públicos en la campaña municipal, en particular de Montevideo, dejan mucho que desear en cuanto a ejemplo de comportamiento. Se busca el twit, el titular, ganar la pelea agrediendo al otro, y no buscando la confrontación de ideas. Porque cuando no se puede contrarrestar una idea, no hay recurso más viejo y más bajo que tratar de desprestigiar a la persona. Será eficaz, pero pierde toda altura intelectual. Y eso deja huella. ¿En qué medida mañana estos líderes podrán hablar con propiedad, cuando a la salida del estadio, un boliche, o en una parada de un ómnibus dos montevideanos se ensañen irracionalmente?

Claudio Paolillo, en la selección de sus mejores trabajos, hace una distinción entre “opinión pública”, como una gran bestia o rebaño desconcertado, forcejeando en el caos de las opiniones; y “juicio público”, como la capacidad que tiene la gente común para razonar y llegar a conclusiones firmes sobre los asuntos más variados de su incumbencia. El juicio público trasciende la opinión, se fundamenta en la reflexión, en la deliberación, lo que pertenece al mundo de los valores, la ética, la política y la filosofía de la vida. Y esto, es central para que la democracia funcione. “Requiere que los ciudadanos sean capaces de aprobar o desaprobar las acciones de sus representantes con base en argumentos racionales y no en eslóganes vacíos o gritos a la tribuna”. Cuando el juicio político no existe, los asuntos importantes no se resuelven, o peor aún, son decididos malamente por quienes gobiernan en nombre del pueblo” dice Paolillo. Ojalá las campañas electorales en un futuro se pongan a la altura de la ciudadanía. Sino ella terminará a la altura de las campañas.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados