Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

La banalidad del mal

En 1961 tuvo lugar el juicio a Adolf Eichmann, responsable directo de la “solución final”, el plan de Hitler para eliminar a los judíos.

Una de las periodistas que cubrió el juicio fue Hannah Arendt, pensadora alemana de origen judío. Luego del juicio, Arendt desarrolló su teoría donde afirma que Eichmann no era un monstruo como pensaba el resto de la humanidad, sino un simple burócrata. “Únicamente la pura y simple irreflexión fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo”. “No era estupidez, sino una curiosa y verdaderamente auténtica incapacidad para pensar”. Lo más grave, escribe Arendt, fue que “hubo muchos hombres como él que no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo terroríficamente normales”.

Poco después, Stanley Milgram de la Universidad de Yale comenzó una serie de experimentos para medir la disposición de las personas a obedecer las órdenes de la autoridad, aún cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia. Durante dos décadas invitó a personas comunes y corrientes a participar de un experimento para probar cuánto dolor infligirían a otra persona, simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. El resultado fue sorpresivo para todos: más del 60% de los participantes aplicaron niveles notables de dolor a otra persona, sólo porque su autoridad así se lo indicaba.

Milgram llegó a dos conclusiones. Primero, el conformismo: un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, en especial en una crisis, transferirá la toma de decisiones a su círculo cercano y a su jerarquía. En segundo lugar, la cosificación: la persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otro y obedece. No se considera responsable de sus actos, sino que seguirá, obedecerá y ejecutará órdenes de sus superiores, porque asume que la responsabilidad de sus actos recae en ellos.

En 2010 se estrenó el documental francés “Le jeu de la mort” donde se recrea el mismo experimento de Milgram, pero adaptándolo a un concurso de tv. Los resultados son aún más escalofriantes.

“Los mayores horrores, los más terribles sufrimientos pueden ser causados por personas superficiales y mediocres, en nombre de razones estúpidas, de ideas de quinta fila, o ni siquiera eso. Por obediencia, por inercia, por moda, por el qué dirán”, decía Antonio Muñoz Molina. Y eso pasa porque los sistemas burocráticos y jerárquicos como los totalitarios, favorecen la falta de reflexión de los individuos, arrastrándolos por la propia maquinaria y alejándolos del resultado final de su acción. Y así evitando el cuestionamiento, que como el cuento del sapo, los va hirviendo de a poquito.

Pero eso no los hace menos culpables. Eichmann, como todos los otros, actuaron según su voluntad. Decidieron delegar la moral en su autoridad, frente al cuestionamiento de su conciencia. El problema no son las malas intenciones, sino que no se pararon a pensar en las consecuencias de sus actos y en las alternativas que tenían. No es sólo Eichmann, no son sólo algunas mentes retorcidas. El problema es más grande. Como sociedad y como individuos, jamás deberíamos renunciar al pensamiento crítico y conformarnos con ser engranaje de un sistema sin cuestionamientos.

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