Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Adolescer en pandemia

Que levante la mano quién no escuchó en estos meses una conversación devenida en competencia por ver cuál fue el grupo que pasó peor la pandemia: “la tercera edad, la vida se les va y están aislados”; “los niños chicos que se están perdiendo sus primeros años de educación formal y de socialización”; y por ahí alguien osa decir: “los adolescentes se están perdiendo las fiestas de 15, las salidas con amigos, las fiestas de graduación, es terrible”. Y ante este comentario, no falta quien responda: “¡Y qué dejás para los que fueron a la guerra! No se van a morir por no ir a un par de fiestas y salidas”.

Los adolescentes han sido muy juzgados e incluso considerados victimarios durante este año y medio. Sí, la pandemia fue y es terrible para todos, pero no hay que subestimar lo que pasaron los jóvenes.

Unicef publicó la semana pasada un informe sobre la adolescencia, con un capítulo especial sobre el impacto de la pandemia. Allí explica que el cerebro de un adolescente es muy sensible a la oxitocina, un neurotransmisor que hace más gratificante las relaciones sociales. Y a su vez, no tiene las funciones operando al 100%, está “en remodelación”, entre otras cosas no tiene completa la capacidad de controlar sus impulsos. Es decir, en esta etapa el valor que le dan a lo social está relacionado con que se sientan comprendidos por sus amigos, en oposición a lo mal que se sienten cuando piensan que los adultos que los rodean no los comprenden, o que no encajan en ningún lado. Esto se vio potenciado en la pandemia por esa inmadurez emocional, por eso les costó adaptarse a ciertas reglas como no juntarse con sus amigos, a pesar de que racionalmente lo entiendan.

El psicólogo Ariel Gold dice que en pocos períodos del desarrollo humano el otro pasa a ser tan importante como en la adolescencia, porque es en base al grupo que los jóvenes pueden crecer y pasar esta etapa de su vida. Por eso lo peor que les puede pasar es separarse de los amigos, que no los dejen expresarse y estar entre cuatro paredes. Y es exactamente lo que vivieron muchos jóvenes este último tiempo. Porque en un tiempo normal el adolescente encuentra a sus pares lejos de su casa: en el liceo, en un parque, en un baile, en el club y no pudieron hacerlo. Y por si fuera poco, en muchos casos en un contexto de mucho stress. Por eso el exceso de familia fue uno de los sufrimientos más grandes que atravesaron algunos adolescentes durante la pandemia.

Los que fueron a la guerra la pasaron peor, seguro. Pero porque haya heridas que no se ven, no quiere decir que no existan. No minimicemos sus necesidades. Guiemos a los adolescentes para que, ahora que estamos volviendo a la normalidad, puedan retomar esos encuentros de forma segura. No los juzguemos y etiquetemos por sus actitudes. Ya no son niños, son adolescentes que precisan ser validados. Puede ser que no estemos de acuerdo pero que nunca dejen de sentir que lo entendemos. Escuchémoslos. “Oreja grande, lengua chiquita” dice Ariel Gold.

Unicef termina su informe diciendo que los adolescentes son seres en construcción, no son adultos. Los adultos somos quienes debemos ser modelos de gestión emocional, guiarlos con respeto, paciencia y presencia, confiando en ellos en lugar de juzgarlos.

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