Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

El 9M

Violencia de género. Igualdad salarial. Cuota de participación en diferentes ámbitos profesionales. Aborto. Acoso. Abuso. Discriminación.

Son varios los temas bajo el paraguas del ya reconocido 8 de marzo, u 8M, en nuestro país y en el mundo a través de marchas, actividades y publicaciones de diversos tipos. Podremos compartir o no si esos reclamos y sus formas son los instrumentos adecuados para llegar al fin buscado, pero es indiscutible que detrás de todas estas acciones está la misma intención: la búsqueda de la igualdad de oportunidades y derechos para las mujeres que para los hombres.

Estamos en un momento donde esta genuina búsqueda está haciendo historia y está calando hondo en todo el mundo. El problema se reconoce por primera vez en la sociedad de forma tan evidente, lo que hace que se estén dando pasos para lograr el cambio.

Pero, resulta llamativo como una sociedad que bate récords de asistencia en las calles un 8M, al mismo tiempo esté en el tapete por la reciente ola de discriminación a inmigrantes; con serias dificultades de inclusión de personas con capacidades diferentes; ni que hablar de la falta de tolerancia al que piensa diferente o cree en algo distinto (ante cualquier duda, lo invito a ver el tono de esta campaña electoral); e incluso, se ha vuelto común ver cómo se vandalizan fachadas de instituciones por entender que representan una posición diferente a la suya. Incluso en la marcha del 8M.

La búsqueda de la igualdad de oportunidades y respeto al que es o piensa diferente que promueve esta jornada, es en su esencia resultado de la empatía, de la valorización de la diversidad, del reconocimiento de la importancia de la inclusión. Pero no ha logrado verse del todo reflejada en la verdadera aceptación de la diversidad en la igualdad de hombre/mujer en nuestro día a día, y tampoco en otros ámbitos. En el entendimiento de que la verdadera diversidad e inclusión están también más allá del género y que las barreras que nos dividen y discriminan hoy a buena parte de los uruguayos son muchas, demasiadas.

El día internacional de la mujer nos tiene que servir de reflexión, mucho más allá del 8M. Porque no hay injusticia más grande que la diferencia de oportunidades entre las personas o la intolerancia hacia el que es o piensa diferente; discriminar, prejuzgar o condicionar a quien sea por su condición o manera de pensar, la que fuere, no solo es injusto para esa persona, sino para lo sociedad en su conjunto. Hay cientos de investigaciones que pueden fundamentar desde un punto de vista económico los beneficios de la inclusión y la diversidad en todas sus variantes. Pero, sobre todo, y, ante todo, no valorar la diferencia en el otro implica la pérdida de la esencia de toda humanidad. Este 8 de marzo no debía ser un doble discurso y su esencia tenía que ser la luz que sirva de instrumento de cambio para redoblar la apuesta e ir por todo aquel que precisa ser justamente reconocido e incluido en nuestra sociedad, más allá de su género, creencia religiosa, ideología, orientación sexual, nacionalidad o diferencia de capacidad. Vayamos mucho más allá del 8M. Imaginemos una sociedad a partir del 9M basada en los valores que predicamos marchando por la igualdad de derechos y oportunidades para todos.

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