Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Ellas 5

Así se titula la obra de Pablo Vierci sobre las esposas de los cinco presidentes de la República desde la recuperación de la democracia.

A pesar de la enorme influencia que tienen sobre sus maridos, no son objetivo de las miradas y curiosidades, ni aparecen en tapas de revista como ocurre en otros países. Nada más lejano del brillo de una Michelle Obama, la cuestionada Melania Trump, la referente de moda Juliana Awada o la indescifrable Brigitte Macron. Ya sea por su exuberancia, su vestimenta, su relación personal o su historia, las primeras damas en otras partes del mundo son foco de una atención de la que adolecen en nuestro país.

Según Marta Canessa, la leyenda dice que la figura de primera dama surge en Estados Unidos en 1879 con la primera república moderna de la historia, cuando se debía definir cómo tratar a Martha Washington. El otro antecedente que había era la monarquía, donde junto al rey, estaba la reina.

En Uruguay el rango de primera dama no existe y carece de roles definidos. No recibe dinero del Estado, no tiene una oficina particular ni personal subordinado, como sí ocurre en otros países. Asumir como primera dama en Uruguay es como tener un trabajo sin presupuesto ni descripción de tareas. Pero sí hay muchas obligaciones y expectativas. Esta posición choca en épocas de feminismo, donde la mujer es la que acompaña al Presidente, sin mucho protagonismo propio.

En la obra de Vierci las primeras damas relatan el mundo de obligaciones, de compromisos y de responsabilidad que implicó su rol. Sin embargo, todas lo vieron también como una oportunidad que pocas personas tienen en la vida: acceder a una posición privilegiada de relaciones, conocimiento e información para llevar adelante iniciativas sociales de diferente tipo, que, por más que no tengan una obligación en los papeles, asumieron como un compromiso moral.

“Es inevitable, si tu marido es Presidente, tú ocupas un lugar en la sociedad, sobre todo en el imaginario popular”, decía Julia Pou. Porque “el votante deposita en ese candidato una parte de su destino, su confianza en saber manejarlo y la familia de esa persona es para él una parte importante de esa confianza”, decía María Auxiliadora Delgado. Es la primera y más importante fórmula presidencial, aunque a ella nadie la vote. La esposa del Presidente no es irrelevante.

Cada una a su modo, con su estilo, con sus enormes diferencias. Pero todas lo llevaron adelante a pesar de no tener un mandato predefinido, cuando nada les impedía seguir con sus funciones privadas, personales o quedarse en su casa sin hacer nada. ¿Casualidad?

Las 5 dignificaron esa identidad de país que nació con Artigas, que siguió con José Pedro Varela y luego con Batlle y Ordóñez. Un Uruguay de talante humanista, socialdemocrático, igualitario y muy republicano. “Eso tan uruguayo de que no hay diferencias entre las personas” decía Mercedes Menafra, y entendieron que la primera dama no es objeto de beneficios, sino instrumento de acciones. Supieron que tenían un lugar en la sociedad y que, incluso luego de cumplir el mandato presidencial, tienen un rol en ella.

Einstein, en 1925, cuando vino a Uruguay lo definió co-mo “un feliz y pequeño país, sin ningún tipo de megalomanía”. Casi un siglo después, Uruguay no tiene el rol de primera dama establecido, no porque no lo precise sino porque su idiosincrasia así lo define.

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