Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

El TLC con Chile

Hace un par de semanas la Cámara de Diputados de Chile aprobó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Uruguay. Para hacer lo mismo, nosotros tenemos que esperar a que hoy lo autorice el plenario del Frente Amplio, a pesar de que existen sobrados votos para aprobarlo en el Parlamento Nacional.

El TLC con Chile es una señal en la dirección correcta. Sin embargo, si no viene acompañado a continuación por una serie de TLC con países demandantes de nuestros productos (China, Corea del Sur, Reino Unido, e incluso EE.UU.), podría generar más costos que beneficios.

Con Chile ya tenemos libre comercio de bienes que, dicho sea de paso, no es demasiado: menos del 2% del total de nuestras exportaciones. Se espera que las mejoras de normas técnicas y sanitarias previstas hagan más ágil el ingreso de nuestros productos a Chile. En el mejor de los casos, el TLC con Chile tiene el potencial atractivo de permitir a nuestras empresas insertarse como proveedoras de productos finales chilenos que se colocan en el resto del mundo al amparo de sus múltiples acuerdos comerciales. Chile tiene acceso preferencial a más del 70% del comercio global, nosotros al 7%.

No hay duda de que el TLC con Chile fue un buen ejercicio para nuestra cancillería, que no negociaba un acuerdo comercial desde 2004. El TLC incluye algunos capítulos que hoy ya son parte del idioma moderno de la inserción internacional, que va mucho más allá del intercambio de mercaderías. Entre estos nuevos capítulos —no todos presentes en este TLC con Chile pero inevitables si queremos seguir avanzando en esta línea— los que en todos lados generan mayor controversia son la regulación de los servicios, las compras públicas y las patentes.

Entre los opositores a los TLC, desvela el hecho que se desregulen mercados internos considerados críticos en la "estrategia de desarrollo" que creen más adecuada para el país. Como todo lo que no se excluye de forma explícita queda sujeto a las obligaciones del TLC, el Estado pierde el control de los avances tecnológicos. En particular, preocupa no poder regular los mercados que se desarrollarán en el futuro. Argumentos similares se escuchaban para justificar la bajada de Uruguay de las negociaciones del TISA, el acuerdo multilateral de servicios del que nos retiramos en 2015.

El documento oficial del Frente Amplio sobre acuerdos comerciales exige dejar afuera de toda negociación las áreas en las que operan las empresas públicas: agua, energía, telecomunicaciones y servicios financieros. Sin embargo, hacer lo que sea necesario para asegurar el monopolio de las empresas públicas no es la única visión admisible para fortalecer las empresas públicas, ni mucho menos como "estrategia de desarrollo". Por lo menos debería ser discutible.

Entre los contrarios a los TLC también desvela la exigencia del trato no discriminatorio a los proveedores externos en las compras públicas. Tenemos un reciente hecho político que ayuda a entender esta preocupación. Casi al mismo tiempo que ingresó el TLC con Chile al Parlamento, un grupo de legisladores del Frente Amplio presentó —y presionó para que tenga un rápido tratamiento— un proyecto de ley destinado a la promoción de las empresas autogestionadas a través de las compras públicas. Entre sus artículos se establece que las "empresas de economía social y solidaria" tendrán una reserva de mercado de al menos 30% y un margen de preferencia de hasta 20% por sobre el resto de las ofertas, para todas las compras del Estado.

Esta crítica al TLC más que una preocupación podría ser una ventaja si logra limitar la capacidad creativa de políticas públicas, que podrán tener buenas intenciones pero que terminan siendo contraproducentes para la enorme mayoría de los uruguayos. Cálculos del propio gobierno indican que si se aprobara este proyecto de ley los costos de las compras del Estado podrían subir significativamente. La Udelar aconsejó modificar el proyecto para impe-dir que el Estado se vea obligado a pagar un precio más alto o a comprar algo de calidad inferior.

Finalmente, un punto de gran preocupación entre los contrarios a los TLC viene por el lado de las patentes. En particular, la inquietud se centra en la industria farmacéutica y el uso de los genéricos. Un genérico es una copia del producto patentado —tiene similar formulación, concentración de droga y efecto terapéutico— pero producido a nivel nacional o importado sin hacer uso del monopolio legal asociado a la patente. Los genéricos representan el 90% del consumo de productos farmacéuticos en Uruguay y su costo es sensiblemente menor al de los originales patentados.

El TLC con Chile establece que se deberán hacer los mejores esfuerzos para adherir al Tratado de Cooperación de Patentes. Sepamos que la no adhesión a este tratado hace posible usar genéricos en Uruguay. La industria farmacéutica explica el 5% del total del producto industrial del país y genera alrededor de 6 mil puestos de trabajo. Aquí no hay ambigüedades. El sector sería fuertemente golpeado con un costo no menor para el país.

Más allá de este TLC puntual, el país necesita urgente mejorar su inserción internacional. No hay duda. En un reciente estudio del Centro de Economía del IEEM-UM presentamos evidencia contundente. El 80% de los países que escalaron posiciones relativas en desarrollo humano en los últimos 20 años lo hicieron abriendo la economía con menores tarifas al comercio exterior.

La lógica proteccionista tradicional tiene cada vez menos cabida. Es cierto que hay muchos empleados en sectores industriales protegidos por tarifas a las importaciones, pero la realidad indica que la gran mayoría de estas posiciones, tal cual están hoy concebidas, tenderán a desaparecer en el mediano plazo porque con el avance tecnológico ya no va a ser necesaria una persona para cumplir con esa tarea. Tengamos claro que esta problemática que, sin duda hay que atender, ya está por fuerade la protección comercial.

El TLC con Chile es un acuerdo moderno que incluye capítulos no antes negociados por nuestro país. Sin embargo, asumir los compromisos de un TLC sin generar más oportunidades comerciales no es un buen negocio. Pero son inevitables. Es por ello que debemos darnos un debate amplio y en todos los foros. Solo luego de haber pasado por ello se podrán dar los pasos necesarios en inserción internacional sin el riesgo de tener que dar marcha atrás. Si hoy en el plenario del Frente Amplio se avanza en este sentido, bienvenido sea.

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