Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

El presente del trabajo

El empleo es hoy una gran preocupación para el país. En lo que va del año se destruyeron casi 30 mil posiciones laborales. Desde el pico de fines de 2014 la caída del empleo supera los 65 mil puestos de trabajo.

En el MEF se insiste con que estas cifras "incomodan mucho al gobierno y que mejorar la situación laboral es el principal objetivo de la política económica actual". Desde el MTSS se dice que "duele la pérdida de cada puesto de trabajo". En ambos lares, se espera que la batería de políticas puntuales impulsadas comience a revertir la situación el año que viene.

Hace meses que se modificó la reglamentación de la ley de inversiones con prioridades en la contratación de nuevos trabajadores para acceder a los beneficios fiscales.

Recientemente, se aprobaron por ley nuevos incentivos para la generación de empleo. Se rebajan 25% los aportes patronales por los nuevos empleados (con sueldos menores a los $ 33.500), que podría llegar al 40% para los mayores de 45 años. Para utilizar el subsidio, las empresas deberán estar al día con sus pagos a BPS, DGI y MTSS, no ser beneficiarias de otros incentivos tributarios o subsidios, y no haber efectuado despidos o envíos al seguro de paro en los 90 días previos a la contratación del trabajador y en los 90 días posteriores. A su vez, se aprobaron iniciativas para mejorar la primera experiencia laboral y los períodos de prueba, las prácticas laborales para egresados, la formación en empresas, así como subsidios a los emprendimientos juveniles.

Se debe reconocer el esfuerzo para incentivar el empleo, aunque considero difícil que mueva la aguja. Existen razones profundas para ser escépticos sobre el impacto de las iniciativas planteadas por el gobierno. No se puede tapar el sol con las manos. Hay factores muy potentes que se encuentran detrás del deterioro del empleo. Y que a su vez se retroalimentan.

Un primer factor es una clara reducción de la rentabilidad empresarial —no necesariamente de la facturación— con escasas esperanzas de mejora en el corto plazo. Los beneficios fiscales asociados a la ley de inversiones se tienen que deducir del pago de IRAE y hoy se ha vuelto muy difícil generar renta.

En un situación de suba generalizada de los costos para producir, los costos laborales han adquirido un peso relevante. El procedimiento de la nueva ley aprobada para impulsar el empleo es tan engorroso que el costo burocrático requerido es percibido como mayor al beneficio potencial a obtener. Por lo menos así me lo han hecho saber varios empresarios con los que hablamos del tema.

Luego de la crisis del 2002, los salarios reales tienen su mínimo en 2004 y empiezan a subir ininterrumpidamente. Hasta fines de 2010, el salario recupera los niveles precrisis y crece el empleo, con una fuerte suba de la masa salarial. Pero desde comienzos de 2011, mientras el salario sigue creciendo y supera con creces los niveles precrisis, se frena el empleo y a partir de 2015 comienza a caer de forma significativa.

El empleo pasó a ser la variable de ajuste ante la menor rentabilidad. Si el local que vende ropa no paga la UTE, le cortan la luz y no puede atender a los clientes. Si el distribuidor no carga combustible, no puede hacer el reparto. Cualquiera de los dos puede no reponer a un trabajador que deja la empresa. Y en ambos casos es probable que se pueda sustituir fácilmente por tecnología.

Entonces aparece el segundo factor: la mejora y abaratamiento de la tecnología aplicada a la automatización. Y el combo se vuelve explosivo.

Los puestos de trabajo que se destruyeron en los últimos años son todas posiciones ocupadas por personas con escaso nivel educativo (como máximo educación primaria completa), fácilmente automatizables, que desaparecieron en empresas arrinconadas por la pérdida de rentabilidad.

Un reciente estudio de la OPP presenta una estimación de la generación de nuevos puestos de trabajo. Como es esperable, la demanda de trabajo en el sector que desarrolla tecnologías seguiría creciendo. También crecería la demanda en el sector educación ante la necesidad de formación permanente. Lo mismo en el sector salud y cuidados ante el impulso de un incremento en los años de vida de la población. Los sectores vinculados al turismo y a la agro-industria podrían también contribuir a la demanda de trabajo en la medida que sigan sofisticándose.

Las nuevas oportunidades de empleo surgen en tareas cada vez más complejas en las que los trabajadores deben tener una ventaja comparativa respecto de la tecnología. Esta interacción con la automatización mejora la productividad, pero viene acompañada de enormes desafíos para el país. Para empezar, exige que las personas cuenten con niveles mínimos de capacitación.

Ahí sí que estamos complicados. Hace más de 15 años que las evaluaciones externas (pruebas PISA) nos muestran que cerca de la mitad de las personas que todos los años llegan a la edad de ingresar al mercado de trabajo, no están preparados para realizar tareas complejas.

Ojalá que en el corto plazo surjan muchos empleos en la construcción tradicional. Se habla de un boom de inversión asociada a las PPP que se concentrarían el año que viene. En algún momento empezarán las obras asociadas a UPM. Y ojalá aparezcan nuevas obras en el horizonte porque desgraciadamente es de los pocos rubros que pueden emplear a tantas personas jóvenes que por su formación quedaron al margen.

El empleo es insustituible en su rol de articulador social. No hay subsidio ni renta básica que lo reemplace en esta función esencial. Una persona ocupada siente que está aportando a la sociedad, no importa la tarea que le toque cumplir, que siempre la podrá hacer mejor.

Que el presente del trabajo deje a tantos uruguayos varados es un drama social de una magnitud inconmensurable. Es seguramente la peor "herencia maldita" que los responsables de las políticas públicas le han dejado a nuestro país.

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