Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

Una isla

Vivimos en una isla. El 25 de septiembre el Senado aprobó la Rendición de Cuentas con un incremento de gasto público de US$ 140 millones, pero fue enviada de nuevo a Diputados, por una modificación en la reasignación de recursos a favor del Poder Judicial y la Jutep.

Sin embargo, se prefirió no modificar el crecimiento esperado de la economía —y, por lo tanto, de la recaudación—, que es el mismo que se había planteado hace tres meses atrás en un contexto regional totalmente diferente.

La suba del dólar en Argentina parece haberse estabilizado, pero existe gran incertidumbre en la efectividad de la nueva política monetaria y la viabilidad del enorme ajuste fiscal que se prometió al FMI para adelantar los desembolsos del salvataje. Las proyecciones de analistas privados indicaban hace unos meses atrás una expectativa de crecimiento del PBI de 3% tanto para este año como para el que viene; hoy se espera de una caída de 2,5% para este año y de 0,5% para el próximo.

Se vienen las elecciones en Brasil con la desconfianza de que el próximo presidente lleve adelante reformas impostergables para asegurar la estabilidad macroeconómica del país, como la reforma de la seguridad social. Las proyecciones de los principales analistas privados indicaban hace unos meses una expectativa de crecimiento de casi 3% para este año y el que viene; hoy los mismos analistas esperan un crecimiento de 1,3% para este año y 2,5% para el próximo (con la enorme incertidumbre de cómo será el próximo gobierno).

Es cierto que la actual rendición es la que dispone el menor aumento de gasto público entre todas las rendiciones de cuentas previas al año electoral desde la vuelta a la democracia, con excepción del gobierno de Batlle. Sin embargo, tengamos presente que el gasto público se duplicó en los últimos 13 años y creció bastante más que el PBI. También tengamos claro que los nuevos gastos comprometidos se esperan financiar con una suba en la recaudación de impuestos que probablemente no va a existir.

Mientras el gobierno proyecta un crecimiento de 2,5% para este año, nuestras proyecciones indican que la economía crecería apenas arriba del 1%. Mientras que el gobierno proyecta un crecimiento de 3,3% para el año que viene, nuestras proyecciones están cerca del 1%. Si la realidad termina más cerca de nuestros números que de los del gobierno —ojalá que no—, será bastante menor la recaudación del IVA, del Imesi, del IRPF y del IRAE. Pero el nuevo gasto habrá que pagarlo. Y va a ser muy difícil que el déficit fiscal baje del 4% del PBI. Un déficit que no cede se traduce en una deuda pública que crece y que podría superar los US$ 43 mil millones (74% del PBI) a fines de 2019.

¿Este complejo panorama nos lleva inexorablemente hacia una crisis como las del pasado? No, porque vivimos en una isla financieramente estable y la suba del costo del financiamiento externo es gradual y mucho menor al pasado. Por lo tanto, tenemos amplio acceso al crédito internacional.

Los datos indican que estamos bien parados ante el cambio negativo de las condiciones financieras internacionales que sufren las economías emergentes. Nuestro índice bautizado como el de "los tres chanchitos", que considera las reservas internacionales del país en relación a las necesidades de fondos (pagos de deuda de corto plazo y déficit fiscal), nos deja a salvo por ahora. Estamos como el chanchito de la casa de madera. Argentina y Turquía tenían la casa de paja y así el soplido del lobo las tiró abajo. Perú y México tienen la casa de ladrillo y están realmente a salvo, a pesar del ruido político interno que viven.

Además, a nuestras reservas internacionales hay que sumarles más de US$ 2.000 millones de créditos contingentes con organismos multilaterales (entre los que no está el cuco del FMI). También tenemos una menor dolarización de los pasivos y una mayor solidez del sistema bancario —alta liquidez, elevada capitalización y baja morosidad— que en el pasado. Desde el punto de vista financiero, realmente estamos bien.

Pero vivimos en una isla que se volvió carísima y con costos altísimos para producir. Ahora quedamos 30% más caros que Argentina y hace años ya que estamos igualmente caros con respecto a Brasil.

En esta isla no hay margen para producir. Por más que nos cueste reconocerlo, hace rato que el sector productivo está estancado. Si se excluye el sector de las telecomunicaciones, la producción de bienes y servicios en Uruguay está hoy en el mismo nivel que a fines de 2014. No es caprichoso, ni malintencionado, mirar lo que sucede con el PBI sin las telecomunicaciones. Los datos de PBI muestran crecimientos relevantes en los últimos tres años gracias al enorme peso que tiene el sector te-lecomunicaciones (15%), mucho mayor al que tiene en Chile (3%) o EE.UU. (3%), solo por nombrar dos ejemplos. Esto se debe a que en Uruguay la base de las Cuentas Nacionales se mantiene en el año 2005 y los precios de las telecomunicaciones han caído radicalmente desde entonces.

El gran desafío que tiene nuestra isla es volver a ser atractiva para invertir. Sin inversión no hay crecimiento y sin crecimiento se hará difícil sostener en el tiempo la estabilidad financiera. Más que nunca tenemos que aprovechar la estabilidad para que nuestros vecinos inestables vengan a invertir acá. Algo que luce imposible sin rentabilidad.

Es hora de que en la isla nos pongamos de acuerdo en una agenda pro crecimiento que baje las elevadas barreras que impiden mejorar la rentabilidad. Nos tenemos que mirar a los ojos y aceptar que seguir igual no es una alternativa. La novelista británica Mary Renault (1905-1983) no lo pudo haber dicho mejor: "Hay solo un tipo de impacto peor que aquel totalmente inesperado: el esperado para el cual uno mismo se ha negado a prepararse".

Habrá que mejorar la inserción internacional, la calidad y la regulación del factor humano, la infraestructura física yla eficiencia del Estado. Ya vimos que la inversión extranjera no viene si no se bajan estas barreras —basta para ello con releer el contrato firmado por el Gobierno con UPM. Y si no lo hacemos, no pasará mucho tiempo para que dejemos de ser una isla.

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